lunes, 5 de diciembre de 2016

A vueltas con el dolor y la pérdida

Hace unos días me encontré con mi antigua profesora de Lengua. Hemos mantenido el contacto, primero porque es casi vecina de mis padres, y luego porque fue una mujer muy importante en mi vida; yo diría que parte fundamental en la decisión de ganarme la vida escribiendo.
Esta maravillosa maestra convivió toda su vida con una compañera, maestra también. Eran "amigas del alma", compañeras de vida.
A su compañera le diagnosticaron Alzheimer unas semanas antes que a mi padre, y ella, claro, se hizo cargo. La cuidó durante meses, la leía, la sacaba a pasear, ... Se hizo a la idea de que esto iba a ser una carrera de fondo, años de cuidados. Se llenó de amor y lo afrontó como no todo el mundo lo hace. Pero la vida se ha llevado a su compañera; una leucemia aguda la mató en 15 días. Algo para lo que mi querida maestra no estaba en absoluto preparada. Y aún lo estaba menos para no estar al lado de su compañera en el momento en que se fue.

Ella y yo hablamos de pérdidas durante un rato largo. Las suyas, las mías...
Me decía "no sé por qué estoy así; era mayor, había vivido bien. Una vida plena y feliz, de verdad. Lo sé, porque es la mía".
Pero las pérdidas no le duelen al que se va. No lloramos por ellos. Nuestro vacío no es el suyo.
Lloramos por nosotros, porque nos quedamos aquí mientras el otro se va. Porque nos sentimos solos y desamparados. Porque ese puñetero vacío es nuestro y sólo nuestro. Por eso no hay dolores diferentes. Es todo el mismo dolor.
Da igual si quien se va tiene 40 o tiene 90. Duele. Mucho. Porque el hueco está ahí.
Hablamos de intensidad del dolor, porque el hueco es más grande cuanto mayor es el vínculo. Pero el tipo de dolor es el mismo.

Y allí estuvimos un rato. Mi vieja maestra y yo. Con nuestros dolores. Y lo que me dolió a mi en ese momento, fue ver cómo esta valiente y hermosa mujer siente que su dolor es menos válido que el mío, o que el de otros.
Me joden los armarios, porque quitan el derecho hasta de sentirte viuda.