viernes, 2 de diciembre de 2016

A vueltas con las etiquetas

Etiquetas.
Es eso que se le pone a los tarros para saber qué hay dentro. O la información de la bolsa de las albóndigas que congelas para saber cuándo las hiciste.
Las etiquetas nos dan mucha información si eres alérgico o sufres alguna intolerancia, sobre los ingredientes que no ves y te pueden hacer daño.
En general, las etiquetas nos ayudan, cuando lo etiquetado es una cosa, un alimento, algo que almacenas o compras.


Cuando empezamos con la evaluación de nuestra hija mayor, mucha gente, tanto del mundo educativo como de nuestro entorno inmediato y familia, nos dijo que era mala idea. "Etiquetar a un niño es malo", nos decían.
Al parecer, etiquetar la mermelada sí, pero a un niño, no. A ver, que sé que no es lo mismo. Pero es para darle vueltas.


A los niños se les etiqueta. Mucho. Y es curioso, pero justo las mismas personas (o casi) que nos echaron en cara querer etiquetar a Laura, emplean un montón de etiquetas. El problema es esas etiquetas que emplean no son del tipo "vamos a saber lo que hay dentro para saber a qué atenernos", sino del tipo "impongo una característica y te trato en función de ella". Y esas características no son buenas.


Me explico: etiquetar a un niño (a una persona) es también decidir que es un vago, o un indisciplinado, o un rebelde. Se le pone la etiqueta así, en la frente, para que todo el mundo sepa que hay que tratarlo como un vago, o displicente o un rebelde. Y eso, claro está, es malo. Yo no quiero etiquetas que limiten, sino que posibiliten.


Cuando nos enfrentamos como padres a la realidad de un niño con problemas, buscamos esa etiqueta, una valoración, un diagnóstico, que posibilite dar a nuestro hijo una atención adecuada a todos los niveles. Si no sabemos lo que le pasa no podemos actuar. Buscamos una etiqueta, una que defina para poder marcar una hoja de ruta y ayudarle.
Pues esto es así con todas las diferencias, y con todas las neurodivergencias.


Para nosotros como padres era muy difícil entender a Laura, sus necesidades. Veíamos que entendía el mundo de otra manera. Siempre veía más aristas que los demás. Siempre hay más posibilidades para todo, muchas soluciones para un problema. Un arbusto enmarañado de cosas que hay que ayudar a desentrañar. Tuvimos muchas etiquetas, muchas: "es que vive en los mundos de Yupi", "es que es una vaga", "es que nos reta como profesores", "no hace ni caso", "molesta"... Y muchos profesores que actuaron con ella en función de esas etiquetas.
Cuando nos llegó la etiqueta de las valoraciones, esa nos ayudó a todos, empezando por ella misma. Habíamos puesto un nombre a todo, y podíamos empezar de cero, ya con el cuadro completo. Las alergias, las intolerancias, y los azúcares ocultos. Todo.


El problema es que la mayoría de la gente huye de esa etiqueta, pero sigue con las suyas propias. Da igual. Son el tipo de personas que no se mueven ni aunque se les caiga la realidad encima.