viernes, 27 de enero de 2017

A vueltas con las estadísticas, nuestros hijos y los post antiguos

Me pongo a mirar las estadísticas, y me encuentro con sorpresa con estos datos.
Desde hace dos días, fecha de la publicación del post A vueltas con cabreos y desesperanzas, he recibido 3.700 visitas en el blog, 2.933 de las cuales son lecturas de la citada entrada.
El post más visto hasta antesdeayer era Esquiroleando niños, que desde que lo publiqué, el 24 de octubre ha tenido 1.280 vistas, y era, por cierto, un post que me traje del otro blog. Para redondear datos, la tercera entrada más visitada la escribí el 23 de noviembre y era A vueltas con las diferencias, con un total de 1.185 visitas.


Evidentemente esto sólo son datos. Perdonadme. Es un vicio que tengo, lo de los datos. Normalmente los considero un instrumento para la falacia, pero así vistos, me llama la atención que este blog, que no iba a ser un sitio para la maternidad, la crianza, y todas esas cosas para las que estaba (y sigue estando) La Teta y Más, al final ha terminado siéndolo. No me importa, quede claro. Sobre todo porque es una decisión vuestra y no mía.


Analizo. No puedo evitarlo, me han dibujado así. Y veo la preocupación de una parte importante de las madres y padres por la educación de los hijos. Más que eso. Su preocupación porque sus hijos sean felices en el proceso de su formación académica. La preocupación que compartimos porque a nuestros hijos se les tengan en cuenta y se les atiendan en sus peculiaridades.
Porque estoy convencida de que, a pesar de que las situaciones que han inspirado la escritura de las entradas que analizo han sido las derivadas de las Altas Capacidades de mis hijas, las casi 3.000 personas que han leído la última no son 3.000 madres y padres de superdotados; pero sí son casi 3.000 madres y padres de niños que necesitan algún tipo de atención específica en el aula, que luchan para que se les atienda, pero que no lo consiguen. Son las madres y padres de niños que sufren en el colegio ante la mirada frustrada de sus padres. Y no tienen por qué estar en el lado derecho de la campana. Pueden estar en el izquierdo. O en el centro. Porque desde aquí, desde este pequeñito lugar en el mundo en el que me muevo, igual que desde las asociaciones de apoyo a las Altas Capacidades, no sólo luchamos porque a nuestros hijos se les permita alcanzar su máximo potencial, porque no se frustren y al final fracasen. Luchamos para que TODOS LOS NIÑOS, sean atendidos en su singularidad, para que todos ellos puedan alcanzar su máximo potencial en el colegio, en el instituto y en la vida.


Y al hilo de esto, de lo importantes que son nuestros hijos para nosotros, para todas las madres y padres que nos interesamos y leemos, que nos frustramos y lloramos, como Estelita, que luchamos, escribí hace ni se sabe un post que voy a traer a colación, y con el que remato entrada.
NUESTROS HIJOS, LOS MAESTROS
En los últimos años, he desarrollado una teoría.


Por supuesto, la teoría no es mía, no me voy a poner medallas que no me corresponden. Pero lo cierto es que, desde mi primera maternidad, he sufrido una “conversión” hacia ella; mi vida, mis experiencias con mis hijas, me han demostrado su veracidad.
Veréis: los niños vienen a este mundo a enseñarnos algo. Tienen en ellos la sabiduría del todo, y nosotros vamos despojándoles de ella, hasta que la pierden, y ya están listos para “ser mayores”. Y así, generación tras generación.
Hay veces (desgraciadamente las más) en que pasan esa primera niñez sabia sin conseguir enseñarles nada a sus padres ni a su entorno; pero hay otras en las que algo cogemos.
Cuando nació mi hija mayor, yo estaba convencida de que los niños no saben nada, y hay que enseñarles todo. Un cerebro vacío que necesita ser llenado. Y además, tiene fecha de caducidad: lo que un niño no haya aprendido a los 3 años no lo va a aprender nunca.
A ver, hago un inciso, que luego me linchan.
No me estoy refiriendo, obviamente, al aprendizaje de ninguna disciplina, como las matemáticas o la física cuántica; ni de hacer a un bebé políglota. Me refiero a aprender cosas que les ayuden a ser felices, sus pautas de comportamiento.
Quienes defienden la teoría de los 3 años, curiosamente también aseguran que lo que debe aprender un niño antes de los 3 años que le va a hacer más feliz es a obedecer ciegamente, plegarse a normas sociales, aunque nos parezcan absurdas, dormir (qué obsesión con el sueño, oye) etc.
Después de describir esto, os podéis imaginar que yo era una madre estresadísima: había que tener una férrea rutina para ayudar a la nena a entender todo lo que venía a continuación, y observar una disciplina en sus conductas sociales, porque eso hace “felices” a los niños.
Estaba tan obsesionada por las normas, que me perdí todas las cosas que Laura venía a enseñarme, y que ella ya ha olvidado. O quizá fue precisamente eso lo que quería enseñarme. El caso es que todavía ahora  estoy intentando enmendarme con ella.

Cuando realmente me he dado cuenta de la sabiduría de los niños (y ya de paso, de mis meteduras de cazo con Laura) ha sido con la llegada al mundo de Diana, mi bruja buena.
Si todo el mundo se empeñaba en decir que la rutina era buena para los niños, ella me enseñó que cuando pautaba algo sus cosas, no ganaba peso. Si los demás se encargaban de decirme que no se duerme a los niños en la cama de los padres, ella dijo que si no era ahí, no dormía y punto. Y de esas, a docenas. Pero las que han callado la boca, han venido a partir de los 3 años, que son las que más se notan (aparte de que es una niña feliz, cabal y equilibrada, pero eso para algunos es pura coincidencia, así que me voy a lo más físico).
A Laura hubo que quitarle el pañal. Por si no lo sabéis, los niños no son capaces de dejar de mearse y cagarse encima solos: son la única especie animal que necesita adiestramiento, así que a Laura nos la llevamos a un clima cálido, y con 2 años, le enseñamos a no usar pañal. No quiero pensar lo que lloró; semanas llevando una bolsa de bragas a todas partes y poniéndola a hacer pis cada hora para enseñarla.
Diana eso no lo cató. Y mira que hasta yo me empecé a preocupar porque al cumplir 3 años ella seguía usando el puñetero pañal, y en el cole no se admitía a ningún niño con pañal (dí que yo, si no se quitaba el pañal, con no llevarla al cole…). El caso es que un día llegó a casa de mis suegros y dijo que ya era mayor para usar pañal; se lo quitó delante de todo el mundo, y se fue a hacer pis al bidé. Ya está. Ese fue todo el esfuerzo del control de esfínteres.

Otro caballo de batalla ha sido el sueño. Es donde la gente más opina. Eso y la teta, y como en los niños amamantados lo normal es que ambas cosas vayan de la mano, ya tenía la polémica servida.
El caso es que la peque siempre se dormía  en la teta (¿dónde si no?) y luego en mi cama (repito, ¿dónde si no?), así que os podéis imaginar los comentarios. Y los que no comentaban, metían indirectas. Es como si la peña tuviera miedo de que Diana me pidiera teta el día de su boda;bueno, pues ahora mismo, Diana no toma teta, y hay veces que duerme en su cama y veces que duerme en la mía. Y dejará de dormir en la mía, igual de dejó de hacerlo su hermana.
Y después de estos años, ¿sabéis lo que me han enseñado mis hijas? Que los niños no son calderos vacíos, que son seres independientes desde que nacen, siempre que se les procure un hábitat correcto, porque desde que nacen, son capaces de decidir qué es lo mejor para ellos en cada momento. Sólo hace falta escucharlos.
Y a vosotras, ¿qué os han enseñado vuestros hijos?