lunes, 16 de enero de 2017

A vueltas con las libertades y las adolescencias

Antes de empezar voy a hacer una confesión: estalqueo* a mi hija. (Estalquear, según el urban diccionary, es "Anglicismo sinónimo de acechar. Se utiliza para referirse a actividades de acecho en redes sociales"). Soy así. Una acosadora cibernética de hijas.
En realidad es un poco con permiso. Yo la tengo en favoritos en twitter y agregada a mi facebook, y viceversa.
El caso es que me parece un ejercicio chulísimo, siempre y cuando se haga con el ánimo de conocer mejor, y no de acosar en sentido estricto, intentando controlar y juzgar sus actividades.
Este "estalqueo permitido" me ha descubierto muchas cosas, no sólo de mi hija mayor, sino de su mundo adolescente. Y la más alucinante es la cantidad de gente joven, de entre 15 y 20 años implicada políticamente (y hablo de política en sentido estricto, no de la cantidad de jumentos que se dedican profesionalmente a ello) en luchas sociales increíbles. Feministas, luchadores por la igualdad de todas las personas independientemente de su género y condición sexual, por la libertad ideológica y religiosa, defensores de la identidad cultural de los pueblos.
A ver, que es cierto que tengo una visión un tanto sesgada, porque sólo puedo ver a aquellos jóvenes a los que mi hija sigue, o que la siguen, y si tengo una hija con conciencia social, los perfiles que veré serán precisamente esos. Pero aún así son muchos jóvenes. Muchos, de verdad. Y de muchos lugares, procedencias, culturas y religiones.
Con ella estoy descubriendo cosas que ni sabía que existían. Planteándome mis propias ignorancias, cuántas veces he juzgado creyendo que sabía algo y no tenía ni idea de nada.


De todas las historias que leo y sigo, sobre todo de perfiles claramente feministas que son los más afines a mi también, la mayor de las sorpresas, lo que más me ha hecho plantearme mi propia realidad, es el perfil de una joven musulmana. No es que viva en España, es que es española, nacida aquí, y lucha por su derecho a llevar libremente su hiyab.
Veréis. Pertenezco a una generación feminista que, aunque milita de otras formas a aquel primer feminismo, aún juzga desde su perspectiva occidentocentrista. Veo a una mujer con un hiyab, y pienso en la represión que supone verse obligada a llevarlo. La tremenda injusticia de las mujeres que viven bajo un burka. Y creo que la única manera de salvarlas es quitárselo, obligarlas a todo lo contrario.
Para aquellas mujeres que vienen a nuestro occidente buscando una vida mejor a veces, y otras arrastradas por sus maridos, que buscan una vida mejor para ellos, probablemente salir de casa bajo un burka sea la única manera de salir de casa. Si se obliga a esas mujeres a no llevarlo, probablemente no vuelvan a salir de casa; y lo más sorprendente es que probablemente no saldrán de casa porque ellas no querrán salir de casa.




Pero estoy hablando de militancias y de adolescentes.


Para la joven mujer de la que hablo, su hiyab (que no es un burka, sino más bien un pañuelo como el de la foto) se ha convertido en su militancia. La prohiben ir al instituto con su pañuelo, que para ella forma parte de su identidad, y ahora de su rebeldía. Siente que vulneran su libertad, porque no se trata de llevar una gorra para cubrirse la cabeza porque sí, sino que es algo más, algo que para ella es señal de su cultura y por lo tanto, forma parte de su personalidad. Y no tenéis ni idea de la cantidad de jóvenes no musulmanes que la apoyan.


No voy a decir si ella tiene razón o no. No me voy a meter en significados intrínsecos del hiyab. No hace tanto las mujeres españolas también llevaban la cabeza cubierta y fue nuestra historia quien nos quitó el pañuelo, y no los representantes de otras culturas a golpe de decreto. Pero creo que hay que plantearse que si lo que para nosotros es un símbolo de represión y para otros lo es de libertad, es que igual no lo sabemos todo.