lunes, 23 de enero de 2017

A vueltas con las malas madres

Pues me sale hoy recuperar otra entrada antigua. Y lo hago porque el hecho de haber estado estos últimos días compartiendo un concierto de mi hija mayor (que en el momento en que escribo tiene 14 añitos) me ha traído a la mente recuerdos de gente de mi entorno juzgando nuestras formas de ejercer la paternidad. Así, de buen rollo. En plan "es que yo creo que a lo mejor no es buena idea que una niña esté tan expuesta..." "Es que a lo mejor sería mejor que no la grabaseis". Y tal.

Esta entrada que comparto la escribí con el espíritu de quien cree que las madres (y los padres también, pero estaréis de acuerdo conmigo en que la mayor parte de las veces, de las cosas se nos responsabiliza a nosotras, más que a vosotros) deben empezar por quererse, por liberarse de los juicios ajenos y de la culpa propia. Pero hoy la recupero para reivindicar que nosotras conocemos a nuestros hijos mejor que nadie, y sabemos lo que necesitan para ser felices y cómo gestionarlo. Y luego cuando crezcan, pues eso. Ya harán ellos lo que crean.


Hace un tiempo preparaba charlas sobre diversos temas, pero todos con una base común: la teoría de la Crianza con Apego.
Sólo para contextualizar, diré que la Crianza con Apego (el Atachment Parenting, en inglés) es una filosofía basada en los principios de la teoría del apego en la psicología del desarrollo; según la teoría del apego, un fuerte enlace emocional con los padres durante la infancia, o apego seguro, es un precursor de relaciones seguras y empáticas en la edad adulta.
Toda la filosofía, recogida en 8 puntos, gira alrededor del respeto a los ritmos del niño, tanto en lo que se refiere a la alimentación, como al sueño, la adquisición de determinadas habilidades, o el entendimiento mutuo hacia una disciplina que se denomina positiva (aunque a mi lo de disciplina, me sigue rechinando).
Es curioso, porque quienes no están relacionados con la teoría del Atachment, creen fervientemente que el respeto a los ritmos del niño va en detrimento de la pareja, y que las madres que optan por este tipo de crianza son una especie de esclavas que se someten a sus hijos, que terminan convirtiéndose en tiranos absolutos de la casa.
Quienes así piensan, no sólo no saben que el octavo punto de la filosofía de la Crianza con Apego es la búsqueda de equilibrio entre la vida personal (individual y de pareja) y el apego familiar, y que igual que se debe respetar al niño, los ritmos de todos deben ser respetados, sino que suelen pensar que los niños no son capaces de madurar si no se les indica cómo. Es decir: los niños nacen como botes vacíos, que los adultos llenamos. Es más, y dando una vuelta de tuerca. Los niños son botes vacíos tendentes al mal, y es la disciplina del adulto quien encauza a ese niño por el buen camino. No importa que luego te salga el niño asesino en serie; si esto pasa es que has tenido mala suerte. Es el niño el que te ha salido mal. Vamos que las ovejas negras nunca son los padres, son siempre los hijos. Pero si te sale Obama, entonces tienes que sentirte orgulloso, porque has hecho un buen trabajo como padre.
Lo divertido es que cuando estas personas hablan de quienes han querido educar de otra manera (estamos hablando de la Crianza con Apego, pero vamos, que da igual, elijan ustedes la filosofía que quieran, basada en respetar al niño, quererle y no educar a base de castigos ni físicos ni de los otros), razonan justo de la manera contraria: lo lógico es que educando así (de mal) el niño te salga rana; vamos que puede ser hasta que fume, que es peor que lo del asesino en serie, sin lugar a dudas. Y si te sale Gandhi, es que has tenido mucha suerte, porque a pesar de todos tus esfuerzos, el niño ha salido bien.
Como queda claro lo que opino del tema (soy tendenciosa al escribir, porque puedo, porque el blog es mío), no me voy a entretener en decir que los niños, señores, no son tarros vacíos, y mucho menos tendentes al mal.  
Pero sí me preocupa la impronta que tiene esta sociedad en nosotras. Una sociedad en la que las mujeres SIEMPRE tenemos la culpa de todo, y la responsabilidad de educar a los hijos. Me preocupa que cuando algo sale mal, ya no hace falta que alguien nos diga que es por culpa nuestra, porque nos lo decimos nosotras. Nos machacamos con ¿y si lo hubiera hecho de otra forma?. Y lo peor es que los que nos rodean, que llevan años deseando saltar a la yugular, no sólo no nos consuelan, sino que nos clavan un tacón en el cuello para que no nos olvidemos jamás de que ya nos lo habían advertido. Es la cultura del “cachete a tiempo”, deseando poder recordarnos cómo se educa a un niño y lo malos que pueden llegar a ser si no les metemos en cintura.
Bueno, pues esto es para todas las maravillosas mujeres madres a las que quiero y que han optado por criar con apego a sus hijos. Recordad siempre que no educamos con respeto para que los niños nos salgan de una manera o de otra. Educamos con respeto porque creemos que debemos hacerlo así, porque no podríamos hacerlo de otra manera. Y porque sabemos que los niños no son botes vacíos. Porque sabemos que los niños crecen, y cuando lo hagan, tendrán que tomar decisiones, y que esas decisiones serán suyas, no nuestras. Porque si no lo pensamos así, es señal de que en el fondo no los hemos respetado, sino que hemos educado con la idea de un bote vacío que iba a responder de determinada manera ante nuestra forma de educación. Y no es así.
Es como la lactancia materna o la artificial: no es verdad que la lactancia materna proteja contra las enfermedades; si fuera cierto, no habría niños enfermos, bastaría con dar teta. No. La lactancia artificial aumenta el riesgo de padecer determinadas enfermedades. Vamos, que el niño que va a tener asma, la va a tener mame o no mame; el hecho de no hacerlo es sólo un factor que incrementará el riesgo, pero ni la lactancia artificial causa asma, ni la lactancia materna hace que el niño no la padezca. En la educación es igual: no todos los niños maltratados son adultos maltratadores, pero el maltrato es un factor de riesgo, y hay estudios que dicen que hay menos incidencia de maltrato entre los adultos que fueron educados con amor que entre aquellos que fueron educados a golpes; lo que no dicen estos estudios es que no haya ningún caso de adulto educado con amor y sin cachetes que se haya convertido en maltratador. Porque de todo hay. Desgraciadamente.
Quereros a vosotras mismas, porque si no lo hacéis, cuando veáis que algo se tuerce vuestro sentimiento de culpa superará a cualquier otro, anulará vuestra capacidad de respuesta y os dejará exhaustas. Y hay una cosa clara (y lo sé por propia experiencia como hija): cuando un hijo toma la decisión equivocada termina por darse cuenta. Y es ahí cuando más nos necesitan. Y pensad entonces en cómo te sientes cuando alguien te sopla en el cuello un “te lo advertí”.
Y sobre todo: quereros porque os merecéis ese amor. Porque ocurra lo que ocurra sois unas madres maravillosas que, como todas, independientemente de lo que decidan para la educación de sus hijos, sólo queréis lo mejor para ellos. No conozco a ninguna mujer que, eduque como eduque, no desee la mayor felicidad para sus hijos. El camino que tomemos para ello es sólo cosa nuestra. Y el camino que tomen nuestros hijos, cosa suya.
Y ni un niño “sale mal”, ni “se tiene suerte”. Porque los protagonistas de su vida son ellos, no nosotros. Protagonicemos la nuestra como nos de a entender nuestro corazón.
Y a los adolescentes, casi adultos, que leen esto (que creo que yo que serán más bien pocos). Cuando vayáis a hacer alguna gilipollez, que ya os digo yo que las vais a hacer por docenas, pensad en que vuestros padres os quieren. Y haced la gilipollez, pero no les responsabilicéis de ella, que bastante tendrán con abuelos, suegros y cuñadas. Sólo sabed que luego, van a estar ahí. Hasta el padre de Dexter le quería.