martes, 31 de enero de 2017

A vueltas con las maternidades y las expectativas

Pues está la blogosfera maternal alterada por el último "21 días" (en realidad, 12 meses) de Samantha Villar: el de su propia maternidad. Así que aun a riesgo de ser pesada ya con el temita, me vais a permitir que me explaye un poquitín, porque se han dicho muchas cosas sobre esas declaraciones suyas de la pérdida de calidad de vida cuando llega un ro ro a casa. Ni que hubiera sido la primera en decir o sentir algo así.




En primer lugar, voy a decir algo que he repetido siempre hasta la saciedad. ¡Cómo me joden los juicios! A ver, que no digo que la mujer no haya estado desafortunada. Que es cierto que si va a escribir un libro sobre lo malo que es ser madre y luego ese libro cae en manos de sus hijos dentro de unos años, estos críos van a necesitar un buen psicoterapeuta. Pero tampoco hay que llevar a la chica a la hoguera porque, por favor, ahora que no os ve nadie, que estáis solas frente al ordenador, que levante la mano quien no haya sentido eso en el puerperio de su primera maternidad. O de la segunda. O cuando el tercero llega a la adolescencia.


La cuestión no es que lo diga Samantha Villar. La cuestión es que es un sentimiento recurrente que tenemos muchas y que las que lo superamos lo hacemos con mucho trabajo interior y con el ajuste de algo muy importante para la vida: nuestras expectativas.
Tener una idea clara de lo que va a ocurrir ante una determinada circunstancia disminuye la ansiedad y contribuye a que encajemos mejor ese hecho en nuestra vida. Con todo. Cuando yo me mataba con los médicos pidiendo explicaciones sobre qué podíamos esperar después del coma de mi padre, nadie entendía que eso es necesario para poder afrontar lo que viene. Y no obtuve respuesta, porque para la mayoría de la gente es mejor no enterarse de nada, sin darse cuenta de que después viene el zurriagazo.


Bueno, pues este tema de las expectativas, cuando se trata de la maternidad es la pera. Porque no es ya que nos hayan vendido una idea de la maternidad idealizada. Es que la idea es de una maternidad para disfrute del adulto, sin tener en cuenta que a quien has llamado (que no ha venido solo, querida, que lo has llamado tú) es un ser vivo con unas necesidades muy concretas, no un muñeco. Así las cosas, la peña, desde que empieza a leer el "Ser padres", hasta que se lo dicen en los "cursos de preparación al parto", se cree que cuando tengan a su hijo en un parto orgásmico (pero con la epidural), va a vivir embelesada de amor por una criatura que no llorará jamás, que comerá cuando el adulto diga y dormirá cuando sea más conveniente para nosotros. Y ahí llega el tema. Y te das de bruces con la realidad de un ser vivo que TE NECESITA PARA SOBREVIVIR EN TODOS LOS ASPECTOS QUE TE PUEDAS IMAGINAR. Te necesita como alimento, como cuna, como nido, como todo. Por primera vez eres absolutamente responsable de la felicidad y el bienestar de otro ser humano. Y eso es muy complicado. Porque para que tu hijo esté bien, o cambias tus prioridades y las ajustas a la realidad, o la sensación que vas a tener es de permanente sacrificio, de tener que renunciar a tu persona, a lo que tú hacías y eras. Es decir: pierdes calidad de vida.


A mi me pasó en mi primera maternidad. Y no me importa que mi hija lea esto, porque va acompañado de una reflexión sobre el sentimiento y el proceso. Y porque si ella alguna vez decide ser madre, espero que en estas palabras encuentre el principio de ese proceso antes de encontrarse con su hijo en brazos.
Yo delegué mi parto, y las cuestiones primeras sobre salud y crianza en los "profesionales de la salud". Mi parto fue una pesadilla de separación y dolor, y la crianza derivó en una no-lactancia y en una depresión pos parto que empecé a colocar cuando Laura tenía casi 2 años. Y encima la coloqué mal. Me convertí en una persona huraña que sólo sabía reñir y decir "No".
Hasta que no decidimos tener a nuestra hija pequeña, cuando yo inicié otro camino, no me di cuenta de dónde estaba el fallo.
Cuando llegó Diana yo tenía claro lo que venía, y lo que yo quería. Es curioso, porque para la mayor parte de mi entorno, yo me sacrifiqué mucho por ella, mucho más que por Laura. Y lo cierto es que yo no lo viví así. Para mi la maternidad con Laura la he empezado a disfrutar hace relativamente poco (y conste que estoy aprovechándome todo lo que puedo ahora); y sin embargo,  tener la teta disponible, dormir con ella y adecuar mis horarios a los suyos, no fue un sacrificio, sino una liberación. Y no perdí calidad de vida, porque mi vida cambió, para buscar calidad.



A todo esto hay que añadir otra cosa: la presión para ser madre, o la decisión tomada por razones equivocadas. Ya bastante tienes que lidiar si piensas que ser madre es seguir con tu vida igual, pero con un botecito de amor, como para que además tengas que cambiar tu vida sin estar convencida de ello.
Hay mujeres que deciden ser madres porque "es lo que toca", a determinada edad o en determinado momento de su relación de pareja; como si no ser madre fuera un paso atrás o un parón en su relación. Hay mujeres que creen que un hijo será un pegamento para unir una pareja que falla, o la aspirina para arreglar una relación enferma. Y eso sigue siendo un tema de expectativas. Tu vida no puede seguir como antes, porque ya no es la vida que era antes, ni puedes aspirar a seguir siendo la persona que eras, porque esa persona desapareció. Tampoco puedes responsabilizar a un bebé de tu felicidad de pareja. No funciona así. Lo primer que tienes que hacer es SER MADRE PORQUE QUIERES SER MADRE. Punto. Y si no quieres ser madre, pues pásate por el forro los convencionalismos, y simplemente no lo seas. No vas a convertirte en más o mejor mujer o más completa por tener un hijo.




Volviendo al tema que nos ocupa. ¿Qué hubiera pasado si los maravillosos expertos que ayudaron a Samantha a concebir, si los que ella consultó para todo, la hubieran preparado de verdad? ¿Qué hubiera pasado si Samantha hubiera trabajado sobre todo sus expectativas de cara a la crianza de sus hijos y hubiera tenido tiempo para adaptarse a si misma y toda su vida a su llegada? Pues que probablemente ahora no creería que ha perdido en calidad de vida, sino que hubiera cambiado su vida y lo hubiera hecho con naturalidad. Igual que hice yo con mi hija pequeña. Igual que he conseguido hacer con mi adolescente favorita.