jueves, 2 de febrero de 2017

A vueltas con la educación, y nuestra responsabilidad en ella

Escribo un montón sobre esto. Es un tema que me preocupa, y lo hace desde hace mucho, pero especialmente desde que soy madre. En este blog, sin ir más lejos, he escrito muchas veces sobre la necesidad de que el sistema educativo cambie, y me he quejado amargamente de los profesores que están ahí porque se han sacado una oposición y nada más; que no tienen motivación porque ni siquiera les gusta su trabajo, sino las condiciones laborales. Me quejo también del que no se plantea nada, del que se enroca en el "siempre se ha hecho así" y no avanza. A diario comento que para conseguir la excelencia educativa hay que empezar por conseguir unos profesores excelentes.
Pero, ¿qué pasa con los que hay? ¿Qué pasa con esos profesores que hay en todos los centros, que adoran su trabajo, que siempre quisieron estar donde están, que luchan cada día por ser mejores y hacer mejor el sistema? Pues mira, a riesgo de hacer una reducción al absurdo, diré que lo que pasa es que, o se convierten en César Bona, o las pasan más putas que en vendimias. Y algunos (o quizás todos, con el paso del tiempo) acaban por rendirse de puro cansancio.


Hace un tiempo leí que cuando algo no nos gusta, o no nos sale bien, tenemos que buscar nuestra responsabilidad en ello. No se trata del buenismo ese que detesto de "buen rollito, y tu pensamiento atraerá todo lo bueno"; se trata de que en toda circunstancia hay una parte que no depende en absoluto de ti, y por lo tanto no puedes hacer nada por cambiarla, y si lo intentas sólo vas a agotarte, pero hay otra parte, aunque sea muy pequeña, que sí depende de ti, y es en esa en la que debemos concentrarnos.
Bueno, pues aplicado al sistema, hoy voy a reconocer la responsabilidad que tenemos los padres en el sistema educativo de mierda que tenemos. Y os aseguro que tenemos mucha responsabilidad. Sobre todo porque hay muchos que no quieren saber que el sistema educativo en el que están inmersos sus hijos es eso: una puta mierda. Y no lo quieren saber porque es mucho más fácil estar en el "siempre ha sido así", "pues a mi también me lo hicieron", que en el cambio. El cambio supone un esfuerzo, y somos unos putos vagos.


Cuando nos dicen que las familias y el centro deben colaborar por el bien de la educación de los niños, tienen razón. O al menos en parte. Digo en parte, porque la colaboración debería ser bilateral: no sólo los padres debemos colaborar con el centro, sino que el centro, a través de los profesores, deberían colaborar con los padres. Y esto es así cuando un profesor escucha a unos padres sin prejuicios, sin pensar que como el es profesor sabe más que los padres sobre su hijo; porque así llegará a un conocimiento mucho más profundo de las necesidades del niño.
Pero los padres también debemos escuchar al profesor, sobre todo cuando plantea cosas nuevas. Es cierto que la novedad no tiene por qué ser siempre buena, pero al menos debemos dar la oportunidad del cambio. Porque hay una cosa que está demostrada: las cosas, como siempre se han hecho, no funcionan. Con nosotros, queridos, no han funcionado. Que no. Que no os engañéis. Que hemos salido mal.


Somos los obreros que nos negamos a reconocernos como tales. Somos los inventores (o los facilitadores de la invención, porque nos la hemos creído) de la "nueva clase media", que ni siente ni padece. Somos los que damos de comer a Belén Esteban y a toda su recua. Somos los padres de los chavales que salen en "Hermano Mayor", los que llamamos a la "Súper Nany" y compramos libros a Estivil. Madre mía, ¡somos los que hemos votado la mayor contra reforma económica, laboral y educativa desde el franquismo! ´
Así que admitámoslo:


HEMOS SALIDO TONTOS DEL CULO. Unos tontos del culo egocéntricos y egoístas, además. Que queremos vengarnos en nuestros hijos de lo mal que lo pasamos nosotros en el colegio. Vamos, la teoría de las novatadas: como a mi me jodió, cuando lleguen los novatos me voy a ensañar con ellos igual que se ensañaron conmigo.
Y como además buscamos la recompensa inmediata, y queremos creernos guays nos encantan los profesores que hacen lo de siempre, porque así lo hicieron con nosotros, pero que también nos pongan a nosotros de protas de la educación de nuestros hijos. Bienvenido Onán.
Pongo un ejemplo de esto último.
El año pasado mi hija pequeña tuvo una tutora chachi piruli. Era lo que todo padre quiere para sus hijos: ponía un montón de deberes, de forma que los críos, al llegar a casa, estaban ocupadísimos y no molestaban (¡ay, no, perdón! Que es que así llegarán todos a presidentes, porque se harán mucho más listos, igual que nosotros), estableció un estándar de comportamiento y de rendimiento y así todos los niños eran iguales (pero los "más iguales" eran mejores) y sobre todo, sobre todo, lo más guay de todo: nos mandaba cada mes unas carpetas mega geniales de trabajos que obviamente los niños de 7 y 8 años hacen de manera natural y les sale de escaparate.
Hicieron un trabajo sobre William Shakespeare (a ver hoy quién de esos niños, o de sus padres, recuerdan algo), sobre El Quijote (vienen juntos, porque se murieron el mismo año, que no es verdad, pero tampoco vamos a llevar la contraria), cuentos sobre perros y gatos y mil cosas más. Eso era a mayores de sus deberes. Con una plantilla que ella daba, para que todas las páginas quedasen mega guays. Y luego ella hacía una portada chulísima, con brillantitos y cosas chulis, y la pasaba por todas las casas para que nosotros viéramos lo mega maja de profesora que era.
Y eso es que nos encanta.
Otro ejemplo práctico.
Cuando mi hija estaba en infantil, recuerdo una función escolar. En nuestra clase, con una tutora amorosa y maravillosa, la obrita era muy visual, con poco texto; la profe iba corriendo de un lado para otro para que no se le desmandase ninguno. Para mi era todo ternura ver a aquellos casi bebés de 5 años atropellándose unos a otros, mirando a un lado del escenario por sus frases. El otro curso, con una profe mega chuli, hizo una representación que ni la Compañía Nacional. Yo veía a aquellos niños recitar frases y más frases, sin equivocarse, yendo y viniendo por el escenario sin perderse ni una sola vez, y me invadió una pena inmensa. Inmediatamente pensé en las horas y las riñas que habían pasado esos niños ensayando la perfección, y supe que no lo habían disfrutado nada. Pero los padres... ¡con qué orgullo miraban! Y los de la clase de mi hija, con envidia. Porque claro, eso sí es sacar lo mejor de un niño. No, señores, eso es tortura.


Pero, ¿qué pasa cuando tenemos delante de nuestras narices un pedazo de profesor? De los de verdad, de esos que algunos tuvimos la suerte de tener pero la mayoría ni los olieron. ¿Qué ocurre cuando damos con un profesor que intenta que nuestros hijos aprendar a estudiar, y no a repetir como loros? ¿Qué pensamos cuando un profesor no quiere que nuestros hijos se pasen la tarde igual que se pasaron la mañana, repitiendo materia como gilipollas para vaciar sus mentes de espíritu crítico? ¿Qué hacemos ante alguien que nos propone una manera nueva de hacer las cosas y nos asegura que funciona? Pues que se jodió la colaboración con el centro. Porque a ver qué va a pasar si las notas de toda la clase suben, y luego mi hijo no es el único con sobresalientes. Y qué coño es esto de que el nene a las 4 haya terminado los deberes; ¿qué se supone que tengo que hacer yo ahora? ¿Y esto de leer con él? A ver, que Rajoy sólo lee el Marca, y ha llegado a presidente. Y lo que es peor: ¿qué hacen mis hijos, que no me traen mariconadas, y los de la clase de al lado ya llevan 3 cuentos para casa, con lo mono que me queda a mi ese trabajo?


No voy a hablar aquí de las trabas que esos profesores encuentran en sus compañeros de trabajo, porque eso es harina de otro costal, y además a mi no me compete. Soy madre, no maestra. Pero que supeditemos el éxito futuro de nuestros hijos, su felicidad como adultos, a nuestro propio onanismo me parece grave.
Porque a fin de cuentas, nosotros ya hemos tomado nuestras decisiones. Decidimos vivir como una generación de incultos amargados y autocomplacientes. Vale. Pero nuestros hijos no tienen la culpa. Así que, igual que escribí hace poco sobre los profesores, apártate y deja a otros trabajar en paz.