lunes, 27 de marzo de 2017

A vueltas con los duelos

Dos semanas sin escribir. Dos semanas pendiente del final de una historia.
He estado muy críptica y medio ausente en esos días. Primero porque mis sentimientos no eran solo míos, y luego porque me estaba resultando muy difícil colocar todo lo que me estaba revolviendo por dentro.

Hace algo más de un año, en noviembre de 2015, una de mis mejores amigas de la infancia me hizo un anuncio demoledor. Le habían diagnosticado un cáncer terminal de ovarios. Llevaba ya tiempo con dolor y mucho malestar, pero su médico de cabecera, al que le faltaban semanas para jubilarse, diagnosticó un cólico de vesícula. No pidió placas, ni ninguna otra prueba. Le dolía y tenía que ser la vesícula. Punto.
Recuerdo verla por la calle, o coincidir en la farmacia, y sin perder la sonrisa me contaba que le dolía cada vez más.
Lo cierto es que no recuerdo a Silvia perder la sonrisa. No recuerdo a Silvia quejarse por la situación en su casa, ni por sus problemas de salud, ni siquiera cuando le diagnosticaron, hace ya unos años, una esclerosis múltiple. Simplemente, aceptaba las situaciones y seguía hacia delante. Eso que a mi me cuesta tanto...

El caso es que a su vesícula no le pasaba nada. Pero cuando llegó el diagnóstico la cosa ya estaba muy fea.

Recuerdo conversaciones con ella durante ese año. Recuerdo cuando yo le decía que no podía ni imaginar por lo que estaba pasando, que ella me decía que no tenía ni que imaginarlo, que eso no debía imaginarlo ni vivirlo nadie.

Desgraciadamente he tenido que despedirme de mucha gente querida en los últimos años, algunos de ellos, por el puto cáncer, y dos a una edad insultantemente temprana. Mi primo no cumplió los 40, porque un cáncer de pulmón se lo llevó en 3 meses, y a Silvia la metástasis se la ha llevado antes de cumplir los 44. Y es cierta una cosa: nadie debería siquiera tener que imaginárselo.


He escrito mucho sobre esas pérdidas, sobre lo que significaron para mi, sobre cómo han cambiado mi vida. Pero esta tiene algo que no tenía las otras, y no sé cómo explicarlo. Lo voy a intentar.
Cuando se fue mi primo, tan joven, de una forma tan dramática, perdiendo tanto, me planteé muchas cosas. Fundamentalmente, me planteé cómo quería estructurar mi vida, si en función de la conveniencia o en función de mis deseos. La gente no sabe lo radical que fue el cambio, porque no lo pareció. Pero para empezar, gracias a ese replanteamiento vital, Diana está en este mundo, y con ella todo lo que vino después.
Cuando mi madrina se fue, crecí. Crecí de verdad. Viéndolo en perspectiva, aquella experiencia, sus cuidados, me reafirmaron en la vocación de cuidados, y me prepararon para hacer lo que hoy hago, que es cuidar de mis padres. 
Cuando despedí a mi tía "la comadrona", es cuando empecé a plantearme de verdad mis raíces, cuando sentí "agujeritos" en mi historia, y me vi obligada a comenzar un camino de introspección. La lloré a ella muchísimo, porque fui consciente de mis pérdidas.

El jueves pasado me llamó mi amiga Belén. Silvia había muerto. Raquel y yo la habíamos visto sólo 4 días antes, y ella, Belén, la había estado cuidando hasta el final (cuánto te lo agradecemos, pelirroja). El viernes nos abrazábamos las tres ante ella, conscientes de que ya no la íbamos a ver más. Esta pérdida es distinta.
Este duelo es doloroso porque arranca trozos. Porque no ver a Silvia significa sacarla de esa fotografía. Porque es un trozo de mi propia historia. Me añoro de niña, de adolescente.Añoro las gamberradas, las tonterías, el pavo. Echo de menos las meteduras de pata. 

No sé cómo acabar esta entrada. Normalmente los finales me salen redondos, pero hoy no sé acabar, así que voy a terminar como lo hizo Silvia.