viernes, 21 de abril de 2017

A vueltas con las notas y la cultura del esfuerzo

Se me juntan las cosas a lo largo de la semana. Escribo post que causan reacciones que me inspiran para escribir otros post, pero la vida no me da. Para poner negro sobre blanco todo lo que tengo en la cabeza y me va surgiendo, casi que debería emplear media jornada diaria y eso no me lo puedo permitir.
Hoy junto dos temas que tienen que ver, pero que en mi mente surgen de dos puntos distintos. Las notas, por las notas, ya sabéis. Hace un par de semanas, justo antes de las vacaciones, llegaron las notas y yo me planteo muchas cosas cada vez. Y lo del esfuerzo, bueno, rumio reacciones a otros post.

Concretamente, uno, dando vueltas a los estudios tuvo reacciones muy simpáticas, como que yo no estuviera a favor de inculcar a los niños la necesidad del esfuerzo para conseguir cosas, y la verdad es que no veo la relación.

Cuando yo escribo, dirigiéndome a un adolescente que es probable que no me lea,
Vivid. Atesorad vivencias buenas, malas, regulares. Conoceos a vosotros mismos y sed quienes queréis ser, y luego, ponedlo en práctica.
Porque además, si vuestros planes no salen como esperabais, nadie os va a devolver eso. Nadie os va a devolver una tarde de ocio con los amigos, ni una gamberrada a tiempo, ni unas risas porque no hay nada que hacer. Nadie os va a devolver el pavo, ni los primeros amores, ni los juegos absurdos. 
No estoy diciendo que no se esfuercen y se entreguen a la desidia más absoluta. No va por ahí.
Por supuesto, en esta vida, la mayoría de nosotros debemos esforzarnos, aunque ese esfuerzo en realidad, no sea garantía de nada, porque sin él no hay ni posibilidad. Lo que no quiero es vender motos, por un lado, e intentar que entiendan que nada merece renunciar a vivir.
Me explico:

Si yo me siento en mi sofá y espero que la vida me regale oportunidades, salvo que tenga un buen padrino, no me levantaré del sofá. Las oportunidades hay que buscarlas, y cuando las consigues, hay que trabajar para mantenerlas. Pero que te esfuerces al máximo no garantiza el éxito en aquello que emprendas, sólo garantiza que tú sabrás que has hecho todo lo posible y te pondrá alerta para aprender de tu fracaso, si es que fracasas. Pretender que el sólo esfuerzo es garantía de éxito, es una moto enorme, y causa un montón de frustraciones y juicios de quienes han tenido suerte y han visto el éxito a la primera. Es el rechazo del fracaso, su estigmatización. Y además, me hace especial gracia cuando veo a padres empeñadísimos en inculcar la "cultura del esfuerzo" mientras se sientan delante del televisor a ver "Mierdicinco" donde un grupo de personajes que no han dado un palo al agua en su vida ganan una pasta gansa por seguir sin dar un palo al agua. Y luego nos extrañamos de que muchos chavales abandonen unos estudios aburridos a los que no ven relación alguna con la vida, y que aspiran a no ser nada y que encima les paguen.
Y eso me lleva a otra cosa. ¿Esfuerzo de qué, para qué?
Los adolescentes (y los niños pequeños, que eso sí que es perverso) reciben el mensaje de que deben aprender a estudiar, sin que nadie les enseñe a hacerlo, por cierto, y esforzarse por acumular unos conocimientos, que en la práctica, no tienen sentido alguno, y se les juzga por la cantidad de esos conocimientos que han conseguido memorizar para un examen; juicio que se expresa en forma de número, y que se establece en función del nivel de memorización del resto de una clase. Es un esfuerzo que tiene una recompensa inmediata, pero que no sirve al medio y largo plazo, sobre todo porque cuando salgan al mundo, cuando realmente su esfuerzo tenga algo que ver en su éxito o fracaso, ese número, esa nota, ese conocimiento que ya no está en su cerebro no servirá de nada. Seguimos preparando a los niños para un mundo que no existe; que hace décadas que no existe.
Y podemos seguir empeñados en que sí, que es el mundo que vemos, en el que vivimos. Los durmientes de Mátrix, eso es lo que somos, intentando que la siguiente generación siga dormida para nutrir de energía a un sistema que se muere.

La frase clave del párrafo es la siguiente:
 Conoceos a vosotros mismos y sed quienes queréis ser, y luego, ponedlo en práctica.

El mundo necesita jóvenes creativos, que entiendan que el fracaso es fundamental para el éxito, que hayan sido personas felices y que hayan aprendido algo fundamental: su vida es suya y no se la deben a ninguna empresa, a ningún jefe. Nos hemos convertido en una generación que no trabaja para vivir, sino que vive para trabajar, con sueldos cada vez más bajos, y experiencias cada vez más mediocres, que sienten gratitud hacia sus jefes por el privilegio de un puesto de trabajo. Y no es así. Ellos deben recuperar nuestra vida, y para eso tienen que amar la suya. Y eso también forma parte del esfuerzo. Deben trabajar por lo que aman y si no tienen la suerte de encontrarlo, entonces trabajar sin renunciar a seguir haciendo lo que aman. Basta ya de trabajadores amargados que ni sienten ni padecen.

Y todo esto empieza en las notas. En esforzarse por esas notas, por ser mejores que el que ocupa el pupitre de al lado.  Porque no nos engañemos: las notas no son un baremo para medirnos a nosotros mismos. No vale lo mismo un sobresaliente en una clase que tiene una media de 5 que en una que tiene una media de 9.

Yo creo que de existir las notas, éstas deberían ser como los percentiles en el pediatra, pero se han convertido en lo mismo que los percentiles en el pediatra.
Un percentil pediátrico, de peso o de altura, es una valoración estadística que sólo tiene valor diagnóstico cuando hay una variación muy acusada en un corto período de tiempo. Me explico: si tu hijo está en un percentil 50, y baja al 40, y luego sube al 55, y así, pues no es nada, no significa nada. Ni aunque esté en el 3 y baje al 2, y suba al 4 y vuelva a bajar al 3. No significa nada si se mantiene y el tono del niño es adecuado. Ahora bien, si nuestro bebé nace y se mantiene en los primeros meses, en torno, por ejemplo, al  percentil 75 y de una visita de niño sano a otra, baja al percentil 10, entonces hay que iniciar unas pruebas diagnósticas para ver qué narices está pasando. Si esta información la tuviera sólo el pediatra, si no la compartiera con los padres, y la valorase de esta manera, nadie hablaría de percentiles. Pero en cada visita de niño sano los pediatras le dicen a la mamá el percentil en el que está, y si sube de percentil la felicitan (a la madre) y si baja un pelín (nada preocupante) le dan suplemento al niño para que vuelva a subir. Y entonces los percentiles se convierten en conversación de parque y en a ver quién tiene un niño con un percentil más alto.

Absurdo.
Pues las notas igual: si las notas fueran de conocimiento exclusivo de los profesores y se usaran a modo de percentil, como herramienta de alerta diagnóstica, podrían ver si un niño brillante baja en su rendimiento académico, o si un niño que todo el mundo sabe que es brillante pero tiene un rendimiento académico bajo; y visto, se podría iniciar una valoración para ver qué pasa y cómo actuar para que su rendimiento suba. También podría ser una herramienta para valorar la metodología de un profesor, si éste tiene una media mucho más baja en su asignatura que en el resto. Por ejemplo, y esto es real, un alumno con notas brillantes, de 9 asignaturas, 8 sobresalientes o notables altos, y de repente, una asignatura con un 5; probablemente el profesor diga que ese niño tiene que hacer más deberes, o recibir refuerzo, pero si usamos las notas como una herramienta diagnóstica, a lo mejor el problema no es del niño.

Sin embargo, las notas son públicas. Los niños, y vais a alucinar, pero es que esto es real, se preguntan las notas porque los padres quieren saber cuáles son las notas de otros chavales. Porque, como he dicho antes, no es lo mismo un 9 en una clase donde hay mayoría de suficientes, que un 9 en una clase donde hay mayoría de sobresalientes. Y entonces las notas se convierten en un motivo de frustración para los niños y en conversación de parque, en competición para muchos padres.
En ese contexto, hablar de "cultura del esfuerzo" es una milonga. No queremos que nuestros hijos se esfuercen por ellos, sino por nosotros. Igual que les embutimos a puré cuando tienen 6 meses, para decir que "mi niño se come tanques de puré, y por eso está en un percentil 90". Y ya de paso, les inculcamos la competencia con otro, el interés malsano, y que la única motivación es ser más que el de al lado. Muy sano todo.

Lo de las notas, en relación con el tema de que los chavales vivan y después estudien, no al revés, me vino al leer una noticia, esclarecedora del nivel cognitivo de quienes hemos permitido que nos gobiernen, en la que se recoge la nueva normativa de Educación por la que los chavales podrán pasar a Bachillerato con dos suspensas de ESO siempre que no sean simultáneamente Matemáticas y Lengua y Literatura.
Veo en mi muro que algunas de las personas que comparten esta noticia hablan de lo malo que es esto en la sana inculcación de la cultura del esfuerzo en nuestros adolescentes, pero yo voy más allá. Primero, porque estoy segura de que habrá chavales que, esforzándose un montón serán de los que se beneficien, y puedan continuar estudios, en lugar de abandonar frustrados el sistema educativo. Pero sobre todo porque desde que tengo criterio (no hace mucho que tengo de eso, soy consciente, y todavía es algo que me tengo que trabajar) he visto cómo las leyes de educación se han ido sucediendo bajando las expectativas para incluir a más chavales, sin resultado. Ejemplo de un esfuerzo inútil, porque de entrada, el esfuerzo va en una dirección agotada. El problema es todo el paradigma educativo, totalmente alejado de las necesidades reales de unos niños/jóvenes herederos de un mundo para el que ese paradigma educativo no está preparando a nadie. Pero en lugar de cambiar el paradigma, las "autoridades" se agarran a él y van intentando adaptarlo a los nuevos alumnos, causando una hecatombe de fracaso y abandono.
No se trata de bajar las expectativas, sino de cambiarlas. No se trata de no enseñar a esforzarse, sino de enseñar cómo esforzarse y en qué. No se trata de premiar al vago, sino de conseguir que no lo sean. Porque no se trata de hacer abogados, que de esos ya hay muchos, sino de conseguir una generación de gente creativa y feliz que nos saque del pozo de mediocridad donde nos hemos metido solitos.