martes, 18 de abril de 2017

A vueltas con las subrogaciones y otros mercantilismos

Quienes me conocéis ya sabéis que yo soy lenta para esto de formarme una opinión clara de las cosas. Hace unos años era de juicio rápido, y eso unido a mi vehemencia, me metió en no pocos líos; aparte, claro, de las veces que me he visto obligada a recular porque me he precipitado en mis conclusiones.

Por eso, cuando se ha empezado a hablar "en serio" de estos temas de la Gestación Subrogada (bonito término para endulzar el de "vientre de alquiler") en nuestro país, me he dedicado a rumiar el tema. Porque así, a bote pronto, el tema me rechina. Mucho. Es como si cada vez que alguien habla de subrogación humana me diera denterilla, no sé si me explico. Pero no sé por qué.

He de admitir una cosa: si yo siguiera trabajando como doula, y una pareja viniera a mi para que les ayudase a inducir una lactancia para un bebé subrogado, actuaría igual que mi amiga Patricia, que tan bien lo hizo, y lo mostró en el programa de la Villar, y acompañaría a esa mujer en la inducción de su lactancia, prestándole toda la información posible y por supuesto, el apoyo. Para empezar porque sé que inducir una lactancia es difícil, una fuente enorme de frustración para la mujer, que además tiene que lidiar con la incomprensión del entorno que juzgan la decisión como una tontería enorme, puesto que hay biberones y los niños, como todos sabemos, se crían igual de bien. Y sobre todo porque la labor de una doula, o una asesora de lactancia, o facilitadora o como le queráis llamar, es acompañar sin juzgar. 
Pero, ¿y el tema de fondo? ¿Estaría de acuerdo yo con esa madre?

Estos días he leído de todo, y la práctica totalidad, en contra de la subrogación. Todo el mundo teoriza y en esas, en las teorías, la cosa a mi también me parece del todo reprobable.
Pero para poder posicionarme, he intentado hacer un ejercicio de empatía. Y para empezar, voy a admitir que estos ejercicios conllevan un sesgo importante, porque lo que voy a juzgar es lo que haría yo en lugar del otro, no lo que haría el otro. Pero es a lo que llego. Es a lo que llegamos todos.

Voy a hacer ese ejercicio poniendo como base un argumento de los que están "a favor" de la subrogación, que es el punto de generosidad o solidaridad de la mujer que presta su vientre a la pareja que por lo que sea, no puede tener hijos propios. Y me voy a poner extrema.

No sé si os acordáis de la serie Friends. Molaba mucho. En una serie de capítulos, la dulce Phoebe se presta a gestar a los hijos de su hermano; el caso es que acababa de conocerle, y éste acababa de conocer a su mujer, pero le pidieron el favor, y ella por su hermano, decidió llevar en su vientre a sus hijos, que resultaron ser trillizos. ¿Qué pasaría si mi hermano, al que adoro, por cierto, me pidiera lo mismo? Aclaro que yo no sólo adoro a mi hermano, sino que amo a mi cuñada, como si fuera ella también hermana de sangre.
Bien, me planteo que es para ellos. Un acto de amor y generosidad de una hermana a su hermano. Pero soy madre, he parido dos veces. Conozco la sensación en los brazos cuando recoges a tu bebé recién salido de tu cuerpo; he vivido la necesidad de acercármelo a la cara para olerlo, para reconocer en mi bebé el olor a mi propio cuerpo; he sentido la urgencia de la teta, del calor al pecho. Y nada de esto lo identifico con los cromosomas de la persona a la que he parido, sino con una sensación muy animal, muy primitiva. Si yo le dijera que sí a mi hermano, sé cuál sería el sacrificio; sé el riesgo que corro de sufrir una depresión, de mirar a ese niño para siempre como propio, de llorar el cuerpo que no tengo conmigo.
Pero además de madre, me he formado como doula, y conozco la fisiología del bebé, sus expectativas. Un bebé que no tiene ni idea de lo que son los cromosomas, ni falta que le hace. Un bebé que ha estado meses degustando el sabor de su madre a través del líquido amniótico, que se ha mecido con los ritmos corporales y en concreto cardíacos, del cuerpo que lo alberga, que se ha calmado con el sonido amortiguado de la voz de la mujer que lo gesta. Ese bebé, cuando nazca, sólo lo hará con un propósito: salir a los brazos de la mujer que él sabe su madre, porque es el tacto que reconoce, el ritmo que reconoce, el sabor que reconoce, el olor que reconoce, el sonido que reconoce. Ese es su Continuum lo que espera encontrar para sobrevivir, lo que él sabe que es su hábitat. Así que sé que el estrés que sufrirá al verse arrancado del cuerpo que sabe que es el suyo, será inimaginable, y además permanecerá como huella emocional toda su vida. Y tendrá que adaptarse para no morir, y lo hará, seguro. Aprendiendo que lo que esperaba no es, y que tiene que identificar otro sonido, otro olor, otro sabor, otro ritmo.
Analizando todo esto, yo le diría a mi hermano que no. No, por mi, por mi propia salud emocional. Y no, por la salvaguarda de la salud emocional de su/mi hijo.
Pero yo puedo elegir. Si me atengo a mi supuesto, yo no tengo más presión que mi amor por mi hermano, y puesto en una balanza, frente a mi amor propio y el amor que sentiría por otro ser humano, son dos contra uno. Está claro que en este caso no hay ninguna situación de poder.

¿Y si no fuera mi hermano? ¿Y si yo no fuera una mujer privilegiada que no necesita más de lo que tiene para vivir y para mantener a su familia? ¿Qué pasa si vivo en una situación de pobreza y marginalidad, y viene una pareja y me ofrecen buena comida, buen techo y atención médica constante durante 9 meses, y un buen dinero después? ¿Soy libre de elegir entonces? Quizás tenga hijos a los que podría sacar adelante con ese dinero. ¿Me plantearía todo lo que me he planteado desde mi privilegiado punto de vista anterior?

Esa es la diferencia. Ahí está el abuso.

Hace unas semanas escuché un vídeo directo de la gran Nohemí Hervada sobre el tema, y me pareció súper acertado. El abuso está cuando alguien confunde el derecho a desear algo con el derecho a tenerlo, sobre todo si ese algo necesita de la connivencia de un tercero (curiosamente, "tercera"). Nadie tiene derecho a tener hijos. Tenemos derecho a desearlos, pero si me arrogo el derecho a tenerlos a cualquier precio (y ese es el caballo de batalla, el precio), entonces puede ser que pisotee los de otro (otra); y lo peor es que alguien diga que forma parte de la libertad de la mujer hacerlo. Porque eso no es cierto. Yo, en el primer supuesto, sí soy libre. En el segundo, no. Y la mayoría de las subrogaciones se dan en el segundo. Punto.

Leo un reportaje de Miguel Bosé, en el que explica que cuando se planteó ser padre tenía ya 50 años y la adopción era imposible, y entonces su amigo Ricky Martin le dio la idea. Dos cosas: el señor Martin no tenía 50 años cuando alquiló el útero de una mujer pobre para tener a sus hijos. Y el señor Bosé no dice toda la verdad cuando asegura que con 50 años la adopción no es posible. Porque hay niños mayores, o con problemas de salud o limitaciones que están esperando que una persona soltera y de más de 40 se haga cargo. Porque hay otras figuras que aunque no son la adopción sí la suponen en la práctica. Pero no se trata de un bebé perfecto, sano y recién nacido. Y cuando compramos algo, ya de paso, nos aseguramos de que venga sin taras.