miércoles, 10 de mayo de 2017

A vueltas con los dimes y diretes

En los dos últimos años de la carrera de periodismo, en Salamanca, mi santo (que entonces no era mi santo, todavía) y yo dirigimos un periódico universitario. Fue el primer contacto con los medios, y os puedo asegurar que nunca me he visto tan en la salsa como entonces, ni trabajando para medios que se supone que son "serios" y "consolidados".
Pero hoy os voy a contar una cuestión interna.
Resulta que una de nuestras colaboradoras, alguien en quien confiábamos y en la que, de hecho, habíamos delegado la coordinación de una de las áreas, nos dijo algo de otra colaboradora. No voy a decir qué fue, porque para empezar, ni me acuerdo; hace dos décadas, así que del hecho recuerdo sólo las sensaciones.
Una persona en la que confiaba puso verde a otra compañera.
Yo entonces estaba en 5º de carrera, así que el principio fundamental de contrastar informaciones, se supone que lo tenía bastante claro. Pero algo que ocurre con mucha frecuencia y que no tenemos tan claro, es el hecho de la veracidad que le otorgamos a determinadas fuentes, y que es una veracidad totalmente subjetiva, no probada. Es la gente en la que creemos, con la que tenemos algún tipo de vínculo. Si es amigo, tendemos inmediatamente a creer lo que nos dice; y si además no vemos una segunda intención así, a ojo, entonces no lo ponemos en duda.

El caso es que recibimos en la reunión a la colaboradora contra la que la primera nos había prevenido, con recelo y resquemor, pidiendo explicaciones por algo, porque en ningún momento pusimos en duda lo que nuestra amiga nos estaba diciendo.
Afortunadamente Javi me apaciguó, escuchamos a la interesada, escuchamos a otros cercanos, y nos dimos cuenta de que en realidad, la primera no era nuestra amiga, sino una mala puta. Así, sin paliativos.

No sé si al final la tipa mintió por algo en especial o es que se me ha olvidado, porque lo que siempre he recordado es mi reacción y lo cerca que estuve de echar del proyecto a alguien que luego se convirtió en imprescindible en mi vida; de hecho, mi hija mayor se llama Laura por ella. Pero, si tengo que adivinar, recordando el carácter de la susodicha que dejó de ser mi amiga, probablemente fue su intento por alejar el talento para que no se notase en ella su ausencia.

Es curioso, que cada vez que oigo a alguien con un dime, esperando los diretes posteriores, siempre se trata más o menos de lo mismo: yo quiero destacar por encima de aquel a quien intento desprestigiar, o esa persona impide que yo o alguien de mi entorno destaque por encima de otros. Puritita envidia malsana. Lo cual no hace que me joda menos.

Desde entonces, desde aquellas reuniones en el Alcaraván, ha llovido mucho y yo he aprendido mucho. Soy mucho más pausada, y mucho más reflexiva. Escucho, muchas veces desde la distancia, y trato de entrever en las palabras, el tono, qué tipo de persona está hablando. Y he aprendido a dar credibilidad a quien la tiene, y ante la duda, preguntar a todo aquel que tenga relación con el tema, antes de emitir un juicio. Y si el juicio es sobre una persona a callarme la boca en público.
Oír, ver y callar, que decía mi padre.

Porque cuando el juicio es sobre una cuestión, una idea, un proyecto, un trabajo, una situación, nuestro juicio, a fin de cuentas sólo puede molestar u ofender, y allá cada quien si se ofende con algo que otro opine.
Y voy a abrir aquí un inciso sobre las opiniones, aunque será motivo de unas vueltas en otro momento, pero creo que con las opiniones tengo que ser clara: no, no son todas válidas ni respetables. No tengo que respetar la opinión de nadie, y menos si esa opinión va contra los más imprescindibles puntos de educación, decencia y derechos humanos.
Pero cuando los dimes y los diretes tienen a una persona de protagonista la cuestión puede ir más allá.

A fin de cuentas, el bullying empieza así. Son "dimes y diretes". Que me dijo que era tonta, que te digo que es boba. Que me dijo que no le hace caso, que te digo que hace mal su trabajo. Que me dijo que suspendía, que te digo que a por ella.
Cuando mi hija mayor sufría acoso, lo que peor llevaba eran los dimes y los diretes. Era siempre lo mismo, y era pequeñito todo por separado. Y como las cosas, así, una por una (dime por dime y direte por direte) eran tonterías, nadie tomaba cartas en el asunto. Y cuando alguien pudo hacerlo, los dimes y los diretes ya se habían marcado en su piel, y la cosa no era tan fácil de arreglar. Y el niño que empezó llamándola "tonta" cuando llegó a secundaria la llamó "puta"; y el que se negaba a hablarla, un día la empujó por la escalera.

Pero de adultos, una persona que nos molesta porque simplemente no comulgamos con sus opiniones (que digo yo, que siempre y cuando sus opiniones no constituyan un delito, ¿por qué cojones nos molesta la gente que no opina como nosotros? Porque, y remitiéndome a un par de párrafos más arriba, aunque la opinión no sea respetable, la persona, salvo excepciones, sí lo es) puede terminar incluso perdiendo su trabajo por los dimes y los diretes. O peor: que quienes realmente trabajan con esa persona estén contentos y felices y deseando seguir trabajando con ella, pero abandona su trabajo porque los dimes y los diretes de los jefes o los supervisores llegan a un punto de estrés que no compensa.

Ya digo que yo ahora, cuando veo por dónde van los tiros, simplemente me separo y me voy. Las personas que comienzan los dimes me cargan, me parecen tóxicas en primer grado, y las que continúan con los diretes, me cargan aún más, porque creo que son tóxicas en segundo grado, y necesarias para repartir toxicidad. Y llegada una edad, una no está ya para tóxicos.

Es como cuando llego al parque y empiezo a oír gritos y comentarios absurdos sobre el capón que le van a dar al niño cuando lleguen a casa. Que a mi el parque me estresa. Pero eso es otra historia. Algún día le daremos la vuelta al parque.