lunes, 12 de junio de 2017

A vueltas con los errores y los fracasos

Soy una mala madre. Lo admito. Terrible.
Explico por qué.

Cuando tuve a mi hija mayor hice más o menos lo que todas las madres hacemos. ¿Cagarla? Sí, claro, como todas. Me refiero a que la cagué con las mismas cosas que casi todas. Y la más evidente era cuestionar, reñir, castigar, con el fin de evitar que mi hija cometiera errores.
El caso es que nadie en la historia ha aprendido así. Y a mi que no me jodan los que dicen aquello de "en mis tiempos si nos decían una cosa, hacíamos caso", porque no es cierto. Ni de coña.
Hay un par de citas fantásticas en el libro de Rosa Jové Ni Rabietas Ni Conflictos que dejan esto muy patente:

«Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura» (inscripción babilónica de hace más de 4.000 años).
 «Nuestra juventud gusta del lujo y es maleducada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos» (Sócrates, 470-399 a.C.). 

¿Qué podemos inferir de estas dos citas? Pues que desde el albor de los tiempos (porque con 4.000 años de antigüedad, la inscripción babilónica es, seguro, de las primeras cosas escritas), la generación que llega a adulta tiene la sensación de que la predecesora educó mejor y la siguiente es peor que ellos. De siempre. Así que ahora, no vamos a ser menos. La diferencia entre Sócrates y Estivill es que el primero no tenía ganas de vender libros, ni tenía un publicista tan bueno como el segundo.

A ver, que me pierdo en mis cosas, como siempre.
El caso es que si tenemos en cuenta que ninguno de nosotros ha aprendido en pellejo ajeno, ¿por qué insistimos tanto en disciplinar a nuestros hijos para que lo hagan? Entiendo que el instinto es el instinto, y que cuando estamos viendo a nuestros hijos llevar un camino que les va a llevar al fracaso, nos sale del alma intervenir. Pero, ¿por qué le tenemos tanto miedo al fracaso?

Cuando Laura era pequeña, mucha gente me decía, al verla con sus rabietas (que ahora sé que eran totalmente normales y parte imprescindible de su maduración y evolución personal) que lo que le pasaba era que tenía una "baja tolerancia a la frustración", y que había que acostumbrarla diciéndole que no, más veces. En realidad, somos muchas generaciones con una casi nula tolerancia a la frustración, que nos han educado con el "no" por delante, pero no podemos con los fracasos; los propios nos traumatizan (más que nos frustran), y los ajenos, los castigamos hasta el dolor. Eso sí, somos obedientes hasta la estupidez.

Bueno, pues yo quiero que mis hijas fracasen. Muchas veces, en muchas cosas. Que vayan haciendo su camino hacia el éxito personal a base de fracasos. Que entiendan que fracasar no es malo, sino parte de la vida, que no le tengan miedo a hacer algo por si acaso fracasan, que no castiguen ni se castiguen ante un fracaso. QUE APRENDAN, COÑO, DE LA ÚNICA MANERA EFECTIVA DE APRENDER, QUE ES FRACASANDO.

Si es que el método científico consiste precisamente en eso: prueba-error. Y tened en cuenta que los mayores avances científicos han venido de la mano de errores. Siempre.

Así que, aunque aún hay veces que no puedo evitar dirigir y decirles "así no", aunque soy totalmente imperfecta y lerda y a veces les casco un "te lo advertí", procuro morderme los labios para mantener la boca cerrada mientras veo cómo se encaminan solitas a sus propias meteduras de pata. Que son suyas, y ellas tienen que salir de ahí sin mi.

Y sí, claro, cuando vengan a contarlo, estaré ahí, a su lado, volviendo a morderme los labios para no decirles que yo ya lo veía venir y que estaba esperando.

Aunque no siempre lo consigo. Ya digo que soy muy mala madre.