jueves, 8 de junio de 2017

A vueltas conmigo

 Me lié la manta a la cabeza y me quité una manta de la cabeza. Así. Y alguna cosa más, también.
Es alucinante que una de las cosas que más me ha ayudado últimamente a mantener mi salud mental (al menos la poca que me debe de estar ya quedando) ha sido volver, sólo en cierta medida, a hacer cosas que juré que no haría por el tiempo que me llevaban.

A ver, por partes.

Hace unos días me corté el pelo. Nada reseñable. En realidad, me corto el pelo una vez al año, cuando empieza el calor. Como buena hija de peluquero, me agobian las peluquerías, así que me mantengo alejada. Y como buena protestona libertaria de la esclavitud de la imagen, lo que quiero cuando me cortan el pelo es no tener que invertir mucho tiempo en peinarme cada mañana.
Pero esta vez era distinto. Yo quería que fuera distinto.

Veréis, tengo un problema con la imagen mental que tengo de mi misma. Cuando no estoy delante de un espejo, me siento en el cuerpo que tenía hace un cuartito de siglo. Hale, ahora reíros. A nadie en sus cabales se le pasa por la cabeza que tiene el mismo cuerpo que 25 años atrás, antes de los hijos, antes de la vida. Bueno, pues yo sí.

Me siento y me pienso a mí misma con aquellos 57 kilos dentro de mi metro 75, y me pinto las tetas un pelín más abajo y alguna que otra estría dibujada en la cadera. Pocas, porque es que además, y en eso sí que soy realista, no tengo casi estrías.

El caso es que cuando me miro al espejo antes de vestirme, o cuando de repente sale en el marco una foto mía en bañador del verano pasado... Me da bajón. Y me jode, ¿eh? Me jode que una parte de mi estado de ánimo dependa de si me veo o no me veo atractiva.
Y últimamente, con todo mi agotamiento, con la carga mental que me tiene emocionalmente tan casada, necesitaba algo, un revulsivo de mí misma.

En primer lugar, un ejercicio de realismo. No voy a estar jamás como hace 25 años. De hecho, en este momento, si pesase 57 kilos, llevaría las carnes arrastrando por el suelo. No me parece práctico. Mi primer trabajo personal, está siendo adaptar esa imagen propia a algo que de verdad sí me haga sentir bien, y estar como el espíritu de la golosina visto de canto, la verdad, no me va a hacer sentir bien. Así que he decidido adaptar mi estándar 20 kilos más arriba de los que tenía hace 5 lustros. He repasado fotos de cuando me quedé embarazada de mi hija pequeña, porque más o menos estaba yo ahí. Y me está molando el ejercicio.

Pero también quiero ser la que soy yo ahora, que no es tampoco la de hace 10 años, igual que no soy, ni mucho menos, la de hace 25.

Llevo décadas cortándome el pelo igual. Es el mismo corte siempre, que va creciendo de la misma manera. Así que siempre estoy igual. Y no me apetecía nada. Quería romper con todo, hacer algo que me pusiera una sonrisa, algo que me diera energía, un primer paso para verme en el espejo y decir: "Mira, coño, ésa sí que soy yo".
Y salió esto:


Además, voy a agradecer a mi estupenda peluquera, un detalle: 
El poder donar toda esta coleta a la AACC. Porque hay algo que sienta todavía mejor, y que me reafirmó aún más en mis ganas de cortarme el pelo, y fue precisamente la posibilidad de hacer esa donación.
Salí de la peluquería contenta como hacía mucho que no estaba, de verdad. Y con ganas de más cosas.

Hace unos años, la grandísima Nohemí Hervada me invitó a hacer su formación "Sácate Partido". Aprendí un montón, como siempre que la escucho, pero no sé, hubo cosas que no calaron.
Yo por aquel entonces estaba planteándome dejar de teñirme y permitir que mis canas salieran a la luz, y empezaba a invertir menos tiempo en mi arreglo. Estaba convencida de que así sería más "Yo" y sobre todo, mucho más libre, porque ese tiempo no lo tenía "secuestrado" delante de un espejo.
Recuerdo que hablábamos de poner un pelín de rimel, un poco de color en los labios. Y yo, pues no sé, no estaba de acuerdo. En el resto, sí. Un montón de cosas. Os lo recomiendo. Pero ya digo que no era mi momento, que estaba en el camino justo contrario.

Pero cuando me pensé a mi misma, en esa construcción mental que estoy haciendo, de repente, no sé por qué, me vi  de nuevo, con los labios pintados. Y me fui pitando a comprar una barra, y un rimel, sí Nohemí. Un rimel transparente.
Y he descubierto algo en esta semana y pico, alucinante:

1º.- Que no pierdo tiempo, lo gano. Y no es tanto. Hoy me he cronometrado, y he tardado exactamente 5 minutos más en arreglarme de lo que tardaba cuando ni me peinaba ni me ponía color en la cara. 5 minutos que son míos, que no estoy con nadie sino conmigo misma. Que me dedico yo a mirarme a los ojos frente al espejo, y a aprender, de paso, a gustarme un poquito más.

2º.- Que el efecto mental de esas dos cosillas son tal cual lo que decía Nohemí, y que yo, en aquel momento, no era capaz de creer: el rimel, aunque sea transparente, te "levanta la persiana"; ya estás lista para recibir el día y lo que tengas que ver en él. Y el rojo de los labios, ¡ay, amiga, no me extraña que se haya convertido en tu logo! Es increíble la energía que da; te pinta la sonrisa y parece que puedes con más cosas.

Así que hoy, ahora mismo, que estoy sólo vestida con unos leggins y una camiseta, que no voy a salir, ni estoy haciendo nada, salvo cuidar a mi padre, estoy tal cual:


Voy a aclarar una cosa antes de terminar: que la Hervada NO me ha pagado publicidad. Que esto lo he escrito porque llevo con ello en la cabeza unos días. Porque ha sido alucinante, la inmediatez con la que a mi cabeza han empezado a llegar ideas para entradas después de una temporada de secano creativo. Y así escrito, me encanta ver, leer yo para mí, dándole vueltas a mí misma, cómo me sigo haciendo, cómo consigo ir creciendo, cómo recojo aprendizajes que estaban dormidos, que incluso puede ser que hubiera desestimado en un principio, y al aplicarlos años más tarde, me hacen ser mejor. 
Porque si afronto mi vida mejor, entonces soy mejor persona. Al menos, para mi misma.