lunes, 3 de julio de 2017

A vueltas con las vacaciones: ¿somos los juglares de nuestros hijos?

Me veo aquí, iniciando las vacaciones, teniendo una conversación maravillosa con uno de mis primos, al que amo profundamente. Tiene dos hijos, gemelos, y "tiene suerte" porque su mujer es profesora y por lo tanto, tiene casi las mismas vacaciones que los peques. Hablamos de sus hijos, igual que hablamos de las mías, y toca aquello de "es que sobre todo X es muy, muy inquieto y muy dependiente. No sabe jugar solo". Y ¡zas! espoleta para darle vueltas.

Porque no sólo es mi primo. Desde que han dado las vacaciones, y sólo hace unos días, no dejo de ver hilos en distintos grupos de Facebook, de madres desesperadas pidiendo consejo, juegos, manualidades, cosas para entretener a sus hijos. Conozco a madres del cole (oye, sí, que me hablo con algunas) que se ponen de los nervios de pensar en la cantidad de horas que van a pasar los niños en casa, agobiadas porque no saben qué inventarse con ellos.

Y yo aquí, tan pichi.

Para mi, las vacaciones escolares significan levantarme más tarde, porque la mayor no va al instituto, la posibilidad de que ellas me acompañen algún día, y despedirme de ellas más tarde. Todo relax. Por supuesto, no siempre ha sido así.

Voy a obviar el tema bebés, porque el recurrente "es que el mío es súper dependiente, porque sólo quiere brazos y cuando lo voy a poner en la cuna se pone a llorar", es cansino; y es que hijas mías, es así y punto. Hablo de cuando el nene tiene ya una edad; concretamente, la escolar. Y pronto empiezan, porque casi todos a los 3 añitos ya están  dando el callo en el cole.

Laura con 3 años era Chicho terremoto. Y no me jodáis aquí los padres de niños con que los nenes son más inquietos que las nenas, porque cojo la máquina del tiempo y os embrisco a mi niña con 3 años. Tú la dejabas en su habitación medio segundo para atender el portero automático, y de repente ya había sacado todos los cacharros que estaban a su altura en la cocina. Empezó a andar con 6 meses (sí, no es una errata) así que a los 3 años tenía el tema dominado, y no paraba bajo ninguna circunstancia. Justo el verano antes de cumplir los 3, se abrió una brecha en la boca en un parque y se rompió el brazo en otro parque. Yo no sabía qué hacer con ella, así que cuando se acercaban las vacaciones escolares, me ponía a temblar.
Cuando llegó Diana yo ya estaba curtida en esto de los juegos y tal, y todo me lo empecé a tomar de otra manera. Bueno, no sé si se trata de que estaba curtida, o fue simplemente la vida.

Por supuesto, la lactancia y el porteo, me facilitaron mucho las cosas al principio, pero cuando la cosa se empezó a poner intensa, fue cuando abrí la tienda. Llegaba a casa tan cansada la mayoría de los días que simplemente no jugaba con ellas. A veces es que simplemente estaba ahí mirando y nada más. Y oye, no pasó nada.

Ahora mismo, reconozco que soy un monstruo. Llego a casa y después de recoger la cocina no las hago ni caso en un par de horas. Pero ni puñetero caso. Me tumbo en el sofá y ellas están a su bola. Por supuesto, durante la comida charlamos, nos contamos cómo nos ha ido el día, las cosas buenas, las malas, las regulares... Y por la tarde, cuando vuelvo al mundo de los vivos, Diana me cuenta todas sus aventuras (de las que os confieso que me entero poco) y me pregunta si vamos al parque, o no hace falta porque sale a jugar con algún vecino.

Y es que por alguna extraña razón, creemos que debemos ser los responsables de entretener a nuestros hijos. Que no tengan un momento libre, que no se aburran. Y hacemos manualidades, inventamos juegos, les apuntamos a más actividades. Pero sobre todo dos cosas: que no vean la tele que me han dicho que es malo malísimo (y mucho peor el ordenador o similar) y QUE NO SE ABURRAN, POR DIOS, QUE NO SE ABURRAN.

Y yo pienso en esos maravillosos Phineas y Ferb, con esos padres casi ausentes que
maravillosamente no se enteran de nada, que los abandonan todos los días por la mañana después del desayuno en el jardín de su casa hasta la cena. Pienso en que nadie les ha comprado juegos, ni libros, ni manualidades; que nadie se pone resignadamente a entretenerles; que no ven las caras de fastidio o de impaciencia de sus padres al no saber qué hacer con ellos en esos casi 3 meses de vacaciones. Y entonces Phineas simplemente dice "¡Ya sé lo que vamos a hacer hoy, Ferb!" Y ahí se lía la cuestión.

Y el caso es que no sé por qué narices nos tenemos que ir a personajes de ficción, por mucho que me molen.
Por favor, que levante la mano alguien de mi generación o anteriores, cuyos padres se dedicaran a ser nuestros juglares, los entretenedores de la infancia en vacaciones. Yo me pasaba el verano en la calle, jugando. Y cuando iba a pasar unos días al pueblo de mi padre, la cosa iba así:
- Me levanto a una hora, la que sea, me aseo, me visto, desayuno, ayudo a hacer mi cama
- Me largo a la calle con alguien hasta que me dé el hambre
- Me hacen un bocata de chocolate
- Me largo a la calle hasta que me vuelta a entrar el hambre
- Voy a comer. Ahí ya me jodo, porque "hay que hacer la siesta" y "ahora hace demasiado calor"
- Leo todos los cómics chulos de Asterix y Obelix y de Tintín
- Me hacen un bocata de chorizo
-Me voy a la calle hasta la hora de la cena
- Ceno
- Me voy a la calle hasta que mi abuela dice "Hale, padentro".

Una infancia guay en la que ningún adulto, NINGÚN ADULTO, se dedicó a entretenerme. Ni a mi ni a mis amigos. Igual que la infancia de mis padres, sólo que la mía fue más larga, afortunadamente.

"Es que ahora no se puede jugar en la calle, pasan muchas más cosas que antes".
Mira, esta afirmación es mitad verdad. No pasan más cosas que antes. Hay ahora la misma proporción de enfermos hijos de puta que antes. La diferencia entre "antes" y "ahora" es que ahora nos enteramos, y antes se convertían en cuentos asusta niños (a ver si no, de dónde sale el Hombre del Saco, o más castizo, "El Sacamantecas").
Sí es cierto que cada vez hay menos espacios donde los niños puedan dedicarse a ser niños. Es espeluznante lo que molesta un niño jugando a quienes, cuando fueron niños, jugaron en la calle.
Prometo que este va a ser motivo de otro post.
Pero es que cuando encontramos un parque, también hay que ver al personal. Que en cuanto tiene más de un hijo en edades distintas, ya se agobia, y si va a un parque un poco grande, y pierde de vista al mayor hiperventila. Y los nenes ahí, en mini parques para niños pequeños, o en parques para pasear y donde les están diciendo que molestan, para que la madre o la abuela no puedan perder de vista al niño.
Yo al parque voy a leer. Ahora. Cuando Diana era muy pequeña, obviamente tenía que estar más pendiente de ella; pero Laura corría libre. Y ahora que Laura ya no va, yo voy a leer. Y Diana corre libre.
Hay unas pocas normas de seguridad: no se puede salir del entorno del parque, si va de un juego a otro (vamos a un parque muy grande) tiene que avisar, y cuando digo "nos vamos" no hay ninguna discusión. Y si alguien pretende llevársela tiene que gritar y dar patadas.
Así que yo estoy en un banco con mi móvil o mi libro, a mi bola. Diana no tiene la necesidad de "mami mira".

Pero en general, reivindico, y ya lo he hecho muchas veces en este blog, el derecho y LA NECESIDAD de mis hijas de aburrirse soberanamente, y el mío a no ser su juglar.
Y por supuesto que hacemos cosas juntos los 4. Hoy hemos echado una partida al Mah Jong. Y otras veces paseamos juntas, o leemos juntas, o vemos tele juntas. Pero porque a ambas nos apetece, no porque yo tenga la obligación de entretenerla.

Así que, cuando alguien, atacado de los nervios, me dice que yo no les entiendo, porque tengo la suerte de que mis hijas se entretienen muy bien solas, me planteo si es que en mi casa han podido aprender a hacerlo.
O quizás no.