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domingo, 23 de junio de 2019

Buenas madres

Por fin ha finalizado el curso.
De verdad, lo juro. El "por fin" es de verdad.
Soy de esas madres que están deseando los fines de semana, los puentes, las vacaciones.
No me gusta la dinámica escolar. Interfiere en nuestra vida familiar. Se inmiscuye en nuestros ritmos y en nuestras relaciones. Toda la disciplina académica se infiltra en los estados de ánimo, conversaciones, actividades, descansos, ... Y me molesta. Mucho.

El caso es que,  el otro día, durante la graduación de mi hija pequeña, hice este mismo comentario. "¡Por fin vacaciones!" Alguien a mi lado dijo algo así como "¡Qué buena madre!" Lógicamente, ante esta afirmación, otras dedujeron que ellas, que se sienten agobiadas por la perspectiva de estar días y días con sus hijos sin saber exactamente cómo afrontarlo, son malas madres. Es decir, que la suposición de que soy buena madre porque no me agobio está confrontando a dos madres.

Yo no soy ahora la misma madre que era cuando nació mi hija mayor. Estaba agotada, sobrepasada, deprimida. Nada era como me lo habían contado y estaba segura de que la culpa la tenía yo. Todo el mundo sabía mucho mejor que yo cómo afrontar las situaciones con mi hija, y yo sólo sabía sentirme culpable. Recuerdo que apunté a mi hija a una extraescolar que daban dos días a la semana cuando estaba en infantil, porque así estaba menos tiempo en casa, y esa hora más (después de las 5 del colegio normal) yo la vivía como un alivio. Si mi marido se iba por temas de trabajo, yo me iba a casa de mi madre, porque mi padre se encargaba de todo, porque yo sola no sabía qué hacer con una niña que, además, tenía una actividad que no se correspondía con lo que me habían contado.

Cuando ahora doy charlas a las madres, la mayoría de ellas en esa etapa silenciada que es el puerperio, les digo que lo primero que hay que hacer es ajustar las expectativas a la realidad. Porque veréis: las cosas no son como nos han contado. Los niños demandan mucha atención. Esos que llamamos "tranquilos" son en realidad casos muy aislados, y en épocas pretéritas probablemente son niños que no hubieran sobrevivido a los rigores de su propia existencia.
Nuestra vida no va a ser la misma. No puede ser la misma. Nosotras no somos las mismas. No podemos exigir a un bebé que sólo comprende el cuerpo de su madre, que salga de ahí; y somos responsables de su bienestar, lo que incluye facilitarle ese cuerpo. Un cuerpo que va a tardar en volver a ser sólo nuestro. Años. O quizás nunca lo vuelva a ser.
Y esto que digo no es malo. Sólo lo es si no tomamos consciencia de ello, si pretendemos que la vida no cambie, que nosotras no cambiemos. Si no entendemos que con cada parto un trozo de nosotras deja de ser nuestro para convertirse en otro cuerpo. Pero cuando el trabajo que hacemos es el de comprender eso, entonces nada es un sacrificio, sino simplemente la vida.

Detrás de una madre agobiada por el tiempo con sus hijos está una mujer agotada, a quien la sociedad ha mentido y a quien su entorno no sabe apoyar.
Cuando veo una madre sobrepasada hasta tal punto que no es capaz de disfrutar de sus hijos como si disfrutara de su propio cuerpo, lo que veo es a una mujer herida que saca fuerzas de donde no sabe ni que las tiene, para gestionar un cúmulo de emociones que nadie le está ayudando a comprender.
Y aún así, esas madres se hacen cargo, tiran de todas sus fuerzas para hacerlo de la mejor manera posible. Y muchas de ellas lo hacen de puta madre.

Por otra parte, cuando una madre, como yo, dice que está deseando las vacaciones, es probable que quien la felicite por ser tan buena madre, tenga en su mente la imagen de esa mujer protagonizando un anuncio de aceite para bebés las 24 horas del día, y no. Los placeres son muy sencillos y no nos pasamos el día inventando juegos ni actividades maravillosas para nuestros hijos. Sólo nos levantamos unos minutos más tarde, disfrutamos el desayuno sabiendo que no hay que decir mil veces a alguien que tiene que darse más prisa, vivimos el día a día con la tranquilidad de saber que nadie va a llorar o desesperarse por un examen o una nota, o una impertinencia de profesor (que las hay a millones). Y luego la vida es igual. Sin grandes actividades más allá de una partida de Cluedo de vez en cuando, o quizás un día tonto de piscina. Es sólo la tranquilidad de saber que mi cuerpo está entero y no tengo que forzarlo.

Así que, si alguien me pregunta a mi quién es mejor madre, si la que está tranquila y gozando del tiempo o la que lucha constantemente con todo y aún así consigue pasar un verano entero sin desesperarse, ya os digo yo, que gana la segunda.

Y quien hace el juicio tan precipitado lo que debería hacer es pensar un poco en cómo puede apoyar a quien lo necesita para que viva su maternidad con mucha más alegría. Porque al final, quien importa es quien te acompaña.

martes, 10 de abril de 2018

Y ahora, ¿qué?

No creo ser la única a la que le pasa esto.
Cuando te pasas 3 años de tu vida estructurando tu tiempo en función de las necesidades de una persona, todos tus huecos los llena esa persona, incluso cuando no estás con ella.
Durante 1000 días, mi padre ocupaba mis mañanas y mi mente. Los cuidados a mis hijas, o incluso los míos, se colocaban en la agenda en función de las necesidades de mi padre. Y ahora que ya no está, de repente, me enfrento a una situación a la que ya no estaba acostumbrada.
Y ahora, ¿qué?

Por supuesto, queda mi madre. No podemos dejarla de lado, porque ahora está sola. Pero ya no es igual, porque ella no nos necesita.

Echo un vistazo a mis páginas, a mis blogs, que tengo totalmente abandonados, y me siento tan lejos de aquella persona...
El caso es que no quiero cerrar La Teta y Más. Fue un proyecto que me absorbió totalmente y en el que puse toda mi alma. Pero ahora me planteo que no podría volver a hacer lo mismo.


Y no es que no quiera el contacto con las mujeres y sus hijos. Es que creo que el acompañamiento cercano ya no está entre las cosas que ahora mismo podría hacer.

Sin embargo, desde hace ya tiempo he estado dando vueltas en la cabeza a algo. Es algo inconsciente, no planeado. No es que me haya puesto a pensar, es que ha ido saliendo solo.

Soy periodista. Deseé serlo siempre, desde que tengo memoria.
Mi padre quería que hubiera estudiado derecho, pero siempre he sido muy burra, igual que él, y en lo que tocó a mi formación, me salí con la mía. Descubrí que la práctica del periodismo como tal no me satisfacía, porque me vi inmersa en la política mercantilista que está ahogando el oficio en este país nuestro tan de ahogar verdades. Pero acompañando mujeres, dirigiendo reuniones del grupo de apoyo, dando charlas, también he descubierto que me apasiona la divulgación, que no he dejado nunca de ser periodista ni aún cuando era doula.

Hace unos meses, en un rato perdido, me puse a retocar mi web. Trataba de decidir si la borraba o si la transformaba. En realidad, trataba de juntar valor para cerrarla. Me puse a escribir, tal y como estoy haciendo ahora, y empezaron a salir cosas.

No sé si habéis ido alguna vez al psicólogo. Todos deberíamos hacerlo de vez en cuando, así que os animo. El caso es que muchos psicólogos sugieren escribir a ver qué sale. Y salen cosas alucinantes. Igual que me está saliendo ahora.

El caso es que escribiendo, me di cuenta de que he cambiado, pero no tanto. Me di cuenta de la cantidad de información que tengo ahora sobre temas médicos y de salud. Me di cuenta de que necesito seguir contando cosas, y que en realidad, hace falta que alguien cuente cosas. Me di cuenta de que sin información, o con información sesgada, no se pueden tomar decisiones, y las familias con un ser querido enfermo se ven obligadas a tomar decisiones permanentemente.

Cuidando de mi padre en las últimas semanas, me he dado cuenta de otra cosa. De repente, en cuanto el personal sanitario habla conmigo dos veces, me preguntan si soy "de la profesión", y hablan conmigo mucho más sinceramente y ofreciéndome mucha más información que al principio. Y un día, dos antes de que mi padre muriera, me encontré con una maravillosa enfermera que me hacía la misma pregunta para explicarme lo jodida que estaba la situación, y me encontré a mi misma respondiendo "no, no soy enfermera; soy periodista pero me he especializado en comunicación y divulgación sanitaria". La mujer me miró fijamente y me habló durante 15 minutos sobre todos los procesos que estaban abiertos, sobre lo que estaba yendo mal y las expectativas que ella, como enfermera, tenía de la situación, y me dijo que hablaría con el médico sobre mi para que charlásemos un rato.

Así que en este momento, mientras me planteo volver a estudiar para preparar oposiciones, no sólo le estoy dando vueltas a las teclas, sino a mis verdades y mis deseos personales.

lunes, 26 de marzo de 2018

Nano Peluquero

El día 21 de marzo murió mi padre. Fueron 3 años de un Alzheimer acelerado por un coma diabético, y complicado además por un montón de patologías, que hicieron, probablemente, que todo avanzara a velocidad de vértigo. Tres años en los que nosotros, "Los 4 mosqueteros" (mi hermano, mi cuñada, mi marido y yo) remamos todos a una con un propósito firme que hemos logrado: que mi padre no pisara una residencia. Tres meses, los últimos, duros de cojones, en los que el que le tocaba, debía levantar a mi padre a pulso, cambiarlo, asearlo y sentarlo en su silla de ruedas; en los que fuimos testigos de cómo se iba; en los que tuvimos que recuperarle, en casa, para no ingresarlo en ningún sitio. Hasta que hubo un momento, el pasado 11 de marzo, en que recuperarlo en casa fue imposible y decidimos ingresarle en el hospital donde murió 10 días después, agotado ya de tanta lucha.
El caso es que estamos todos un poco así; tranquilos y agotados, y casi ni nos manifestamos. Y de repente, un parroquiano cariñoso, le escribe esto a mi padre.

No sé quién eres, Alberto Fidalgo, pero gracias. Gracias por tus sentires, y por querer que todo el mundo supiera que se fue un hombre bueno. Hoy voy a dar yo la puntilla, a enseñaros cosas que muchos de vosotros no sabíais de mi padre.

Nano, el peluquero era un currante, un trabajador incansable. Abrió la peluquería en el año 1969 y luchó por ella, como luchó por todo, desde el primer momento.
Se pasaba las noches haciendo postizos en la época en que los postizos se llevaban. Cuando llegaba la hora del cierre, bajaba su trapa y se ponía el café, el tabaco y la labor, y le daba el amanecer currando. Así levantó su negocio y empezó a perder la salud.

Cuando conoció a mi madre y llegamos nosotros se dio cuenta de algo que a la peña ahora todavía le cuesta: conciliar no es conseguir que te abran guarderías en domingo; conciliar es no trabajar en domingo.

Y con esa premisa, juntó a los peluqueros, que hasta ese momento eran un oficio, pero no un gremio, y promovió la sección de peluqueros de la Federación Leonesa de Empresarios, entidad, por cierto, que hemos echado de menos estos días.
Esta sección unificó horquillas de precios, para que hubiera unos estándares por debajo de los cuales se considerase "competencia desleal", y consiguió que se cerrara los domingos y festivos en León.
Y así, todos los domingos los dedicaba a llevar a sus hijos a tomar un butano al Barrio Húmedo y dar una vuelta por el Rastro.

Nano, el peluquero, era además, un hombre sociable y cariñoso, que tenía un mapa mental de todos los vecinos de su barrio. Sabía a quién le iba bien y a quién no tanto. Siempre tenía una palabra amable, una mano tendida para quien lo necesitaba. Y eso, mira tú, no lo perdió jamás. Por eso había mucha gente que no se creía que tenía Alzheimer, porque cuando se lo encontraba por la calle le preguntaba por el padre enfermo o tenía un recuerdo cariñoso para el hermano fallecido.

Nano, el peluquero, fue un maestro cariñoso y entregado, que consiguió que sus aprendices, luego convertidos en trabajadores, pudieran labrarse un futuro como peluqueros independientes, y ya de paso, que le quisieran como hijos. De hecho, la relación que tenemos con su primer aprendiz, que desde hace años tiene su propia peluquería, Miguel del Ser, es de hermanos.

Nano, el peluquero, fue un padre cojonudo de más de dos niños (los suyos). Recuerdo hace mil años, una conversación con mi primo/hermano mayor y ahijado suyo, que me decía que si había tenido un padre, ese era el mío.
Mi padre trabajaba como un mulo, un montón de horas seguidas. Y sin embargo, los recuerdos de niñez que yo tengo es de mi padre a cuatro patas en el salón haciéndonos a mi hermano y a mi de caballito. Recuerdo las salidas al campo en cuanto empezaba a hacer bueno. Las visitas al rastro.

Nano, el peluquero, tenía un carácter endemoniado, como el mío. Un pronto que puede ser bueno a veces, pero otras no trae más que inconvenientes.

Nano, el peluquero, fue un hombre bueno, y así me lo ha dicho cada una de las personas (y fueron muchas) que acudieron a su funeral el jueves.

Gracias

jueves, 15 de febrero de 2018

La realidad de las cosas

Necesito escribir esto. Hace ya tiempo que le doy vueltas y vueltas. En realidad, la entrada ya está escrita, en mi cabeza, como tantas otras. Otro día le daré vueltas a eso.
Pero antes tengo que hacer algunas aclaraciones. Desde que escribo en blogs y redes (hace un tiempito, ya ) he ido aprendiendo que antes de escribir determinadas cosas hay que aclarar contextos e intenciones. El lenguaje escrito es lo que tiene: que se pierden matices y eso lleva a malentendidos; y si el lenguaje no sólo es escrito, sino unilateral, sin contexto de conversación ni intenciones, entonces apaga y vámonos.
El caso es que estas líneas llevan tiempo dando vueltas en mi cabeza por muchas conversaciones que he mantenido desde hace 3 años. Conversaciones más o menos cortas, más o menos de compromiso, con personas que me importaban... o no. Lógicamente las frases inspiradas por personas que no me importan no necesitan aclaración; pero no quiero que aquellas a quienes quiero se sientan ofendidas porque reconozcan alguna conversación que hemos tenido. No escribo nada con ánimo de desahogarme, ni para echar a nadie en cara sus modos de ver las cosas o su falta de información, sino que esas charlas, siempre bienintencionadas, me han hecho reflexionar sobre la necesidad de hacer pedagogía sobre un tema que le toca especialmente a mi familia y que, aunque parezca imposible, se ha romantizado.


Voy a escribir sobre la realidad de la enfermedad de Alzheimer.

Hace ya un tiempo publiqué esta entrada sobre los encuentros incómodos por la calle, porque creí que era necesario. Entonces estábamos (y lo digo bien, en primera del plural) en una fase "temprana" de la enfermedad; no tan temprana como para ser sólo despistes, pero lo suficiente como para que hubiera intercambio de miradas y risas. Y aún así creí que era necesario. Pero ahora creo que es fundamental que la gente empiece a entender qué es realmente, qué supone, la enfermedad de Alzheimer, o cualquier demencia del mismo tipo, porque de verdad que tengo la impresión de que son afecciones que se han "romantizado". Me explico.

Veo desde hace años (bueno, desde siempre, pero desde hace 3 años más conscientemente) campañas de "sensibilización" impulsadas por asociaciones e instituciones en las que aparece un abuelo sonriente con su nieto; o un perfil en el que la parte de la cabeza es un puzle del que se escapan piezas. Leo la "carta del enfermo de Alzheimer a su mujer"; o frases inspiradoras en Facebook; o poesías preciosas sobre la pérdida de la memoria. Es todo muy triste, pero bonito, no sé si me explico. Pero es lo único que le llega a la gente. Y no, queridos. El Alzheimer no es la pérdida de memoria. No sólo es la pérdida de memoria. Ojalá.

En primer lugar, el Alzheimer no va poco a poco hacia abajo. No es una pendiente más o menos pronunciada. No es que vayan perdiendo memoria primero reciente y luego más lejana. Bueno sí, pero no. El Alzheimer es más como una cordillera agreste, llena de picos y abismos. Digamos que a medida que pasa el tiempo el enfermo recuerda menos cosas durante más tiempo. Pero no significa que algo que aparentemente haya olvidado no vuelva en algún momento. Es un poco desesperante, precisamente porque da esperanzas; porque de repente le ves bien, recordando, charlando, y al minuto siguiente ya ni te mira. Y tienen esas ventanas hasta el final. Y si no, buscad aquel video de una mujer en la cama con su madre enferma terminal de Alzheimer que después de semanas sin interacción alguna, la miró y la reconoció. Ya os digo que es devastador para los familiares, pero también lo es para los enfermos. Hace un tiempo, un conocido de mis padres me dijo en la calle que si él pudiera elegir de qué morir, elegiría el Alzheimer, porque te vas sin enterarte. Amigos míos: te enteras.

En segundo lugar, deberíamos analizar la palabra "Demencia", para entender por qué es absolutamente reduccionista el limitar el Alzheimer a un simple caso de pérdida de memoria. "Demencia" proviene del latín "De-mentis", que significa "sin mente". Y es que es así: los enfermos de cualquier demencia tipo Alzheimer se quedan sin mente. Y una de las primeras manifestaciones son las conductas erráticas. Ejemplos de conductas erráticas:
- Es muy común entre los enfermos de Alzheimer los tics con la ropa. De repente se levantan de donde estén y se van a cambiar de ropa; el problema es que suelen venir con las prendas descolocadas. Alguna vez hemos visto a mi padre con toda la ropa (TODA LA ROPA) puesta en la parte superior de su cuerpo, y en pelotas de cintura para abajo.
-Hacer "sus cosas" en sitios inesperados. Como dice mi cuñada de una manera muy gráfica, "en la guerra, todo agujero es trinchera"; así que si hay ganas de hacer pis hay las mismas posibilidades de que vaya al baño, que de que lo haga en una terraza, en una papelera, la bolsa de basura o el juguetero de las niñas. Las mismas. Y si en lugar de hablar de pis, hablamos de otra cosa... pues una vez se empeñó en que el váter era la silla de la habitación de mi hermano, así que se bajó los pantalones, se sentó en la silla, y obró. Creo que vale la pena decir que la silla era de asiento de mimbre, así que luego hubo que recoger encima, debajo y entre la silla. Una cosa: esto es conducta errática, no pérdida del control de los esfínteres. Lo digo porque para aquellos que piensen que la solución es el pañal, les diré que si se les ha puesto en las narices que tienen que mear en el jarrón de la abuela, se quitarán el pañal y mearán en el jarrón de la abuela. Punto. Y más te vale no discutir; primero, porque ellos no creen que esté mal, no hay que convencerlos de nada, YA ESTÁN CONVENCIDOS. Si empiezas una discusión, es probable que la cuestión acabe o en delirio o en ataque de ansiedad.

Me voy a parar en los ataques de ansiedad, porque son muy comunes, por varias razones. Puede ser un pico de ansiedad sin más; no pueden gestionar su estrés, porque para eso hace falta tener un control sobre su comportamiento que, dependiendo de la fase en la que estén, no tienen en absoluto. Puede ser un recuerdo que les viene y no pueden contextualizar, como recordar la muerte de un ser querido como que hubiera ocurrido en ese mismo momento. Puede ser que les lleves la contraria y todo su esquema mental (que está mal, pero es el suyo) se va a la mierda. O puede ser el preludio de un delirio, que es lo más divertido del Alzheimer.

Como es muy divertido, me voy a parar en ellos. Los delirios son pues las locuras. La mayoría de las veces se trata de una manía persecutoria. Como nos empeñamos en que hagan las cosas de manera totalmente diferente a lo que están convencidos que debe ser (si le digo que la sopa no se toma con tenedor, por ejemplo) pues se creen que queremos hacerles daño. Pasa sobre todo con el tema medicación, y es una putada, porque como este tipo de demencias suele afectar a personas de más de 65 años, es fácil que se tengan que tomar varias pastillas al día; pues si no quieren tomarse las pastillas y tú insistes en que se las tomen, pueden deducir que lo que quieres es envenenarles. Y ahí se monta el belén, pero fijo. Los delirios les llevan a veces a conductas violentas. Gente que jamás de los jamases levantó la mano a nadie, de repente coge el bastón y te lo estampa en la cabeza. O se pone a dar puñetazos en una puerta. O sale corriendo entre el tráfico. O te grita y te llama sinvergüenza. Naturalmente, este tipo de enfermos tiene entre su medicación específica antipsicóticos. Pero eso no hace que los delirios desaparezcan, sino que no sean frecuentes y sea fácil de controlar. Punto.

Por supuesto, hay muchas más cosas: la depresión, los llantos, los desmayos, ... En nuestro caso una cuestión interesante es cómo interactúa el Alzheimer con otras patologías, especialmente metabolopatías. Mi padre es diabético, así que os imaginaréis que si digo que el Alzheimer influye, lo hará para mal. Su diabetes es más difícil de controlar, y además, tenemos que controlarla nosotros, incluso cuando él no quiere pincharse, o le duele tanto el cuerpo que no soporta más agujas, o si está dormido todo el tiempo y no quiere comer.

Todas estas circunstancias conforman la realidad del enfermo y su entorno. Los compañeros suelen caer en lo que se llama "síndrome del cuidador", que es un término muy chulo pero que poca gente sabe realmente lo que implica. En nuestro caso, la única que está las 24 horas con mi padre es mi madre, que ya tiene un diagnóstico de "Pseudodemencia por estrés", que por muy "pseudo" que sea, no deja de ser demencia; es decir: hace 3 años teníamos un demente que cuidar y ahora tenemos 2. Esa es la razón por la que nosotros no queremos hacer más horas, ni se nos ocurre mudarnos a casa con ellos para poder cuidarlos todo el tiempo; porque tenemos que sobrevivir, y nuestras familias también. Es duro, pero es así. Por eso la mayoría de la gente en cuanto empiezan a manifestarse con más asiduidad y complejidad tanto los delirios como las conductas erráticas, optan por ingresar a su familiar en una residencia: porque requiere toda tu energía, aunque vayas "solo" 4 ó 5 horas al día. Nosotros también lo haremos, aunque esperamos poder alargar el tema hasta que mi padre no sea del todo consciente. Y no ingresaremos a mi madre con él, porque esperamos poder recuperarla algo. Porque, amigos, no se trata sólo de amor; por mucho que quieras a tu enfermo, emocionalmente TIENES QUE SEPARARTE.

¿Qué por qué escribo esto? Pues sobre todo por lo que dije al principio: pedagogía. Y no sólo a posibles futuros familiares de enfermos de Alzheimer. Sino porque entre los propios sanitarios (excepción hecha, claro de los especialistas que tratan la enfermedad) tampoco tienen del todo claro lo que significa. Nos hemos encontrado varios médicos que no entienden que prefiramos no trasladarle a urgencias sólo para estabilizarle, porque no comprenden que eso que ellos llaman "desorientación" se traduce en un pozo de semanas de delirios al llegar a casa tras solo unas horas ingresado. O con alguno ya en urgencias que insistía en preguntarle a él "¿dónde le duele, Terenciano?" Como que Terenciano fuera a saber dónde le duele o fuera capaz de señalarlo.

No quiero miles de mensajes de apoyo, ni emoticonos con la lagrimita. No lo necesito. Lo que os he contado no responde a una necesidad de exhibicionismo, ni de despertar la compasión de nadie. Es que realmente creo que la verdad tiene que ser contada como es, sin medias tintas ni "cosas bonitas".

Porque el Alzheimer no es la ternura de la pérdida de memoria. Ni el cáncer es rosa o nos llena de energía positiva. Ni el Autismo es Rain Man. Porque tenemos que sacar a las enfermedades del armario y mirarlas y describirlas sin miedo, para que quienes nos preguntan de verdad, con interés porque nos quieren, sepan lo que hay, lo que es mejor no decir, lo que deben hacer. Y porque cuando nos toca siempre está bien saber qué nos espera y no darnos la hostia por el camino.

jueves, 12 de octubre de 2017

La viga en el ojo propio

Leo con estupor una nota publicada en el blog del sindicato de matronas españolas, en la que se asegura que dicho sindicato ha denunciado, ante el Colegio de Enfermería de Salamanca, a una doula por decir, públicamente, que en general, las matronas, de lactancia, saben lo básico. Escandalizadas se hallan de que una bruja que donde debería estar es en el patíbulo esperando que alguien prenda la hoguera, diga semejantes cosas de un colectivo que, de todos es sabido, controlan de lactancia mogollón de los mogollones y no ha dado nunca un consejo de mierda.



Antes de empezar a dar cera, que la hay para dar y para regalar, voy a aclarar una cuestión, porque, que mi amiga doula me perdone, pero no quiero que me quemen... otra vez

Entre las matronas, igual que entre cualquier otro colectivo de personas (incluidas las doulas), hay de todo. Hay peña genial y verdaderos cocos. Yo conozco alguna matrona que se ha interesado muy mucho por completar su formación en lo que a lactancia se refiere, y ha llegado a un nivel de experticia mucho más que reseñable. Conozco alguna, incluso, que se ha atrevido con el examen de certificación internacional IBCLC. Y esas mismas matronas reconocen que lo que ven en su formación como matronas respecto a la lactancia materna es poco. Vamos, que de la carreran salen sabiendo "lo justo".

Yo tenía una tía matrona. No os creáis que era una tía de esas que tienes en Graná, que ni tía ni ná. Era una tía muy, muy querida y muy, muy cercana. Pero cada vez que me veía amamantar a mi hija pequeña me soltaba una letanía de mitos y leyendas que hace décadas que quedaron desmontadas por la evidencia científica.
A ver, que mi tía era mayor, me diréis. Vale. Pero es que estos oiditos míos que se van a comer los gusanos, han escuchado los mismos mitos y leyendas en boca de matronas que aún están ejerciendo. Es más. Lo he escuchado en bajito durante una formación dada por otra matrona IBCLC, que desmontaba esos mitos, mientras ellas cuchicheaban "que sí, que sí, pero eso no es así".

Porque, señoras del sindicato, la inmensa mayoría de los miembros activos de su profesión no va a formación continua sobre lactancia materna. Porque a estas alturas de la película, señoras mías, quienes están en disposición de ofrecer formación sobre lactancia materna son asesoras que, las más de las veces, no tienen un título sanitario. Y eso, pues jode.

Y es que esta semana ando yo calentita con este tema, porque no sé si lo sabéis, mis sindicalistas queridas, pero estos días se conmemoraba en este país nuestro la Semana Mundial de la Lactancia Materna y yo no he visto a ninguna de sus representantes en León, ciudad en la que resido, A NINGUNA, asistir a algún acto o charla. Porque la asociación en la que yo ejerzo mi voluntariado programó una reunión para profesionales y no acudió NADIE, salvo el director de área en la delegación de la Junta, que cuando le hicimos ver que de entre los asistentes no había NINGUNA MATRONA, NI PEDIATRA, NI ENFERMERA DE PEDIATRÍA, se le caía el alma a los pies, y la cara de vergüenza.

Porque todas tenemos anécdotas, muy poco anecdóticas por el número de ellas, con mierdiconsejos dados por matronas, que saben LO JUSTO de lactancia materna, y cubren sus enormes lagunas de conocimientos con experiencias propias y ajenas y decenas de mitos que se saben falsos desde hace ya ni se sabe.
He oído a una matrona diagnosticar una cándida de pezón ante la visión de 3 perlas de leche. Aconsejar a una madre que se vende las tetas y beba poca agua para destetar a un niño de 2 años. Decir que el estómago de un niño "tiene que descansar" y que no ofrezca cada menos de 2 horas. Asegurar que con 10 minutos vale, que el resto es agua. Decir que una postura es perfecta e ir tú a mirar, y que no haya por dónde cogerla. Reñir a una madre embarazada porque todavía amamanta al mayor y así "va a abortar". Ver una teta congestionada y decir que hay un pezón plano y que mejor pezoneras. Vamos, que entre mis experiencias en primera persona y las que conozco de primera mano, puedo llenar un libro.

Así que, señoras matronas del sindicato que se ofende, en lugar del cabreo, formaos. Sed humildes y acudid a esa doula a la que queréis quemar y pedidla que os dé información. Acudid a formaciones de asociaciones de promoción de la lactancia. Escuchad a esas madres que ejercen su voluntariado después de muchos años de estudio. Haced formaciones on line de la mano de asesoras que, aunque no sean sanitarias, saben mucho de lactancia y de cómo acercarse y hablar a las madres ante un problema. Aprovechad las formaciones a las que vais por los puntos.

Dejad de inventaros pajas en ojos ajenos y asumid que tenéis una puta viga en el propio.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

La última etapa de la madurez

El otro día me puse a escribir.
Hay muchas formas de escribir, no sé si lo sabéis. Fundamentalmente, se puede escribir para uno o para otros. Se puede escribir con un propósito o con la única meta de dejar correr ideas.
Las personas pensamos en palabras, y con esas palabras, nuestro cerebro construye imágenes. Así que no es de extrañar que mucha gente utilice la escritura para poner en orden ideas; los psicólogos les piden a sus pacientes que escriban su historia no sólo para ordenarla, sino porque muchas veces en el transcurso de la narración surgen hechos inconscientes, sentimientos que estaban ahí y no reconocemos o incluso, hechos y recuerdos reprimidos.
Yo el otro día me puse a escribir para mi, sin un propósito claro, partiendo de un curriculum redactado. Era mi historia y me apetecía saber cómo iba, en qué capítulo me hallo en este momento.
Quizás debí escribir esta entrada entonces y no ahora, porque hoy me resulta más difícil poner mis ideas negro sobre blanco.


Ayer fue un día duro. Mi padre estuvo muy mal. A pesar de contar con ayuda y apoyo tanto familiar como en esta red virtual que tantas alegrías me da, no pude evitar llamar a emergencias. Al mismo tiempo, el padre de una amiga era ingresado en la UCI con un pronóstico grave. Es jodido el tema.

Vamos cumpliendo años. Tenemos hijos (o no), formamos nuestras propias familias o entornos y pensamos que somos los únicos que lo hacemos. En nuestra mente permanece una imagen de nuestra propia historia personal en la que nosotros somos más jóvenes y nuestros padres también. Nosotros tenemos los espejos, y vamos siendo más o menos conscientes de que nos hacemos mayores. Pero sólo tomamos consciencia de ese mismo hecho en nuestros padres en momentos así; cuando enferman. Y nos damos la hostia.

Es curioso, pero sabemos cómo reaccionar cuando nuestros hijos enferman, y cuando no lo sabemos solemos buscar, utilizar las redes, buscar en internet. Pero nuestros padres... Eso es mucho más duro. Hasta hace nada, eran ellos quienes cuidaban de nosotros.

La imagen que yo tengo de mi padre es de un señor grande, de espaldas anchas, que nos llevaba al campo en verano; recuerdo un día, en San Feliz, después de comer una tortilla, que nos pusimos a jugar con él y se "puso" para que saltáramos al potro; el potro era él, claro. Tenía unas espaldas tan anchas, que yo nunca fui capaz de saltarlo, me quedaba a la mitad, y de potro pasaba a caballo. Ahora pesa 50 kilos (si los pesa), y ayer yo lo senté en la cama a plomo, y le coloqué de lado sin ayuda.

Es difícil colocar esa nueva imagen de los padres. Frustrante. Es reconocer que ya no hay nadie ahí para cuidarnos, sino que somos nosotros los que debemos coger el testigo. Es la última etapa de la madurez.

Y eso es lo más duro. Duro de cojones.