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domingo, 23 de junio de 2019

Buenas madres

Por fin ha finalizado el curso.
De verdad, lo juro. El "por fin" es de verdad.
Soy de esas madres que están deseando los fines de semana, los puentes, las vacaciones.
No me gusta la dinámica escolar. Interfiere en nuestra vida familiar. Se inmiscuye en nuestros ritmos y en nuestras relaciones. Toda la disciplina académica se infiltra en los estados de ánimo, conversaciones, actividades, descansos, ... Y me molesta. Mucho.

El caso es que,  el otro día, durante la graduación de mi hija pequeña, hice este mismo comentario. "¡Por fin vacaciones!" Alguien a mi lado dijo algo así como "¡Qué buena madre!" Lógicamente, ante esta afirmación, otras dedujeron que ellas, que se sienten agobiadas por la perspectiva de estar días y días con sus hijos sin saber exactamente cómo afrontarlo, son malas madres. Es decir, que la suposición de que soy buena madre porque no me agobio está confrontando a dos madres.

Yo no soy ahora la misma madre que era cuando nació mi hija mayor. Estaba agotada, sobrepasada, deprimida. Nada era como me lo habían contado y estaba segura de que la culpa la tenía yo. Todo el mundo sabía mucho mejor que yo cómo afrontar las situaciones con mi hija, y yo sólo sabía sentirme culpable. Recuerdo que apunté a mi hija a una extraescolar que daban dos días a la semana cuando estaba en infantil, porque así estaba menos tiempo en casa, y esa hora más (después de las 5 del colegio normal) yo la vivía como un alivio. Si mi marido se iba por temas de trabajo, yo me iba a casa de mi madre, porque mi padre se encargaba de todo, porque yo sola no sabía qué hacer con una niña que, además, tenía una actividad que no se correspondía con lo que me habían contado.

Cuando ahora doy charlas a las madres, la mayoría de ellas en esa etapa silenciada que es el puerperio, les digo que lo primero que hay que hacer es ajustar las expectativas a la realidad. Porque veréis: las cosas no son como nos han contado. Los niños demandan mucha atención. Esos que llamamos "tranquilos" son en realidad casos muy aislados, y en épocas pretéritas probablemente son niños que no hubieran sobrevivido a los rigores de su propia existencia.
Nuestra vida no va a ser la misma. No puede ser la misma. Nosotras no somos las mismas. No podemos exigir a un bebé que sólo comprende el cuerpo de su madre, que salga de ahí; y somos responsables de su bienestar, lo que incluye facilitarle ese cuerpo. Un cuerpo que va a tardar en volver a ser sólo nuestro. Años. O quizás nunca lo vuelva a ser.
Y esto que digo no es malo. Sólo lo es si no tomamos consciencia de ello, si pretendemos que la vida no cambie, que nosotras no cambiemos. Si no entendemos que con cada parto un trozo de nosotras deja de ser nuestro para convertirse en otro cuerpo. Pero cuando el trabajo que hacemos es el de comprender eso, entonces nada es un sacrificio, sino simplemente la vida.

Detrás de una madre agobiada por el tiempo con sus hijos está una mujer agotada, a quien la sociedad ha mentido y a quien su entorno no sabe apoyar.
Cuando veo una madre sobrepasada hasta tal punto que no es capaz de disfrutar de sus hijos como si disfrutara de su propio cuerpo, lo que veo es a una mujer herida que saca fuerzas de donde no sabe ni que las tiene, para gestionar un cúmulo de emociones que nadie le está ayudando a comprender.
Y aún así, esas madres se hacen cargo, tiran de todas sus fuerzas para hacerlo de la mejor manera posible. Y muchas de ellas lo hacen de puta madre.

Por otra parte, cuando una madre, como yo, dice que está deseando las vacaciones, es probable que quien la felicite por ser tan buena madre, tenga en su mente la imagen de esa mujer protagonizando un anuncio de aceite para bebés las 24 horas del día, y no. Los placeres son muy sencillos y no nos pasamos el día inventando juegos ni actividades maravillosas para nuestros hijos. Sólo nos levantamos unos minutos más tarde, disfrutamos el desayuno sabiendo que no hay que decir mil veces a alguien que tiene que darse más prisa, vivimos el día a día con la tranquilidad de saber que nadie va a llorar o desesperarse por un examen o una nota, o una impertinencia de profesor (que las hay a millones). Y luego la vida es igual. Sin grandes actividades más allá de una partida de Cluedo de vez en cuando, o quizás un día tonto de piscina. Es sólo la tranquilidad de saber que mi cuerpo está entero y no tengo que forzarlo.

Así que, si alguien me pregunta a mi quién es mejor madre, si la que está tranquila y gozando del tiempo o la que lucha constantemente con todo y aún así consigue pasar un verano entero sin desesperarse, ya os digo yo, que gana la segunda.

Y quien hace el juicio tan precipitado lo que debería hacer es pensar un poco en cómo puede apoyar a quien lo necesita para que viva su maternidad con mucha más alegría. Porque al final, quien importa es quien te acompaña.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Lo que nos hace felices

El otro día mi hija pequeña nos preguntó, así, a bocajarro, qué es lo que nos hace plenamente felices. Vamos, que si pudiéramos elegir dedicarnos a aquello que nos hace más felices, pues qué haríamos.
Lo sé. La puñetera niña tiene unas preguntas de las de tragar saliva antes siquiera de empezar a pensar la respuesta.

Mi marido lo tuvo claro: la música. Y en realidad, el 50% de su vida lo dedica a la enseñanza, o a la producción o a la interpretación musical. Y yo me quedé pensando.

Es curioso que a las mujeres rara vez se nos hace esta pregunta. Qué quieres, qué deseas, qué te hace feliz. Alguna vez, hablando con una mujer puérpera, tanto en mi actividad privada como en mi voluntariado, al plantearle esta sencilla pregunta la mujer ha roto a llorar. Porque ni ella misma lo sabe, y porque parece que a nadie le importe.

¿Qué me hace feliz a mi?

Pues aparte de lo obvio que queda de puta madre en un blog escrito por una madre (ya sabéis, esto de la maternidad, mis hijas, su sonrisa, cuando duermen, cuando ríen, cuando ves brillar sus ojos, ...) me hace feliz enseñar. Mucho. Mogollón.
Que ya sé que no soy profesora, y que no me dedico a la enseñanza. Lo voy a decir de otra manera: cuando estoy metida plenamente en la labor divulgadora, en el tú a tú, o mejor dicho, en el yo a vosotros.
Las charlas, las clases, cuando me pongo delante de un grupo de personas a compartir aquello que sé y para lo que me preparo día a día.
Es que salgo renovada. De verdad.


Hace unas semanas, una charla en una clase de preparto con una matrona, por ejemplo. Me lo pasé pipa. Y no solo por las caras de las madres que estaban descubriendo cosas nuevas, algunas, madres de otros mayores, colocando información que les hacía encajar piezas en sus propias experiencias previas. Era la residente, al fondo de la sala, tomando apuntes como si no hubiera un mañana. Esos apuntes que la van a distinguir, seguramente, a la hora de atender a otras madres cuando la toque.
Las charlas que soy mes a mes en mi asociación, a esas familias que llegan con muchas ganas de información, o con necesidad de apoyo, y encuentran en lo que les digo algunas soluciones.
Y ya el sumum. Cuando invitada a un instituto como representante de mi asociación, me pongo delante de 25 estudiantes y la hora se nos queda corta.

Pues eso. Que es una putada; una gran putada. Porque estaría sin problema 8 horas al día enseñando, y luego veo a otros que tienen esa suerte y no hacen más que cagarla. Y encima la culpa siempre es de los que les aguantan, que son sus alumnos.

Qué mal repartido está el mundo.

martes, 10 de abril de 2018

Y ahora, ¿qué?

No creo ser la única a la que le pasa esto.
Cuando te pasas 3 años de tu vida estructurando tu tiempo en función de las necesidades de una persona, todos tus huecos los llena esa persona, incluso cuando no estás con ella.
Durante 1000 días, mi padre ocupaba mis mañanas y mi mente. Los cuidados a mis hijas, o incluso los míos, se colocaban en la agenda en función de las necesidades de mi padre. Y ahora que ya no está, de repente, me enfrento a una situación a la que ya no estaba acostumbrada.
Y ahora, ¿qué?

Por supuesto, queda mi madre. No podemos dejarla de lado, porque ahora está sola. Pero ya no es igual, porque ella no nos necesita.

Echo un vistazo a mis páginas, a mis blogs, que tengo totalmente abandonados, y me siento tan lejos de aquella persona...
El caso es que no quiero cerrar La Teta y Más. Fue un proyecto que me absorbió totalmente y en el que puse toda mi alma. Pero ahora me planteo que no podría volver a hacer lo mismo.


Y no es que no quiera el contacto con las mujeres y sus hijos. Es que creo que el acompañamiento cercano ya no está entre las cosas que ahora mismo podría hacer.

Sin embargo, desde hace ya tiempo he estado dando vueltas en la cabeza a algo. Es algo inconsciente, no planeado. No es que me haya puesto a pensar, es que ha ido saliendo solo.

Soy periodista. Deseé serlo siempre, desde que tengo memoria.
Mi padre quería que hubiera estudiado derecho, pero siempre he sido muy burra, igual que él, y en lo que tocó a mi formación, me salí con la mía. Descubrí que la práctica del periodismo como tal no me satisfacía, porque me vi inmersa en la política mercantilista que está ahogando el oficio en este país nuestro tan de ahogar verdades. Pero acompañando mujeres, dirigiendo reuniones del grupo de apoyo, dando charlas, también he descubierto que me apasiona la divulgación, que no he dejado nunca de ser periodista ni aún cuando era doula.

Hace unos meses, en un rato perdido, me puse a retocar mi web. Trataba de decidir si la borraba o si la transformaba. En realidad, trataba de juntar valor para cerrarla. Me puse a escribir, tal y como estoy haciendo ahora, y empezaron a salir cosas.

No sé si habéis ido alguna vez al psicólogo. Todos deberíamos hacerlo de vez en cuando, así que os animo. El caso es que muchos psicólogos sugieren escribir a ver qué sale. Y salen cosas alucinantes. Igual que me está saliendo ahora.

El caso es que escribiendo, me di cuenta de que he cambiado, pero no tanto. Me di cuenta de la cantidad de información que tengo ahora sobre temas médicos y de salud. Me di cuenta de que necesito seguir contando cosas, y que en realidad, hace falta que alguien cuente cosas. Me di cuenta de que sin información, o con información sesgada, no se pueden tomar decisiones, y las familias con un ser querido enfermo se ven obligadas a tomar decisiones permanentemente.

Cuidando de mi padre en las últimas semanas, me he dado cuenta de otra cosa. De repente, en cuanto el personal sanitario habla conmigo dos veces, me preguntan si soy "de la profesión", y hablan conmigo mucho más sinceramente y ofreciéndome mucha más información que al principio. Y un día, dos antes de que mi padre muriera, me encontré con una maravillosa enfermera que me hacía la misma pregunta para explicarme lo jodida que estaba la situación, y me encontré a mi misma respondiendo "no, no soy enfermera; soy periodista pero me he especializado en comunicación y divulgación sanitaria". La mujer me miró fijamente y me habló durante 15 minutos sobre todos los procesos que estaban abiertos, sobre lo que estaba yendo mal y las expectativas que ella, como enfermera, tenía de la situación, y me dijo que hablaría con el médico sobre mi para que charlásemos un rato.

Así que en este momento, mientras me planteo volver a estudiar para preparar oposiciones, no sólo le estoy dando vueltas a las teclas, sino a mis verdades y mis deseos personales.

viernes, 27 de octubre de 2017

Que no me quites años

Que no, que no quiero. Que no quiero aparentar 30. Ni 40. Que tengo 44 y los quiero todos. Que son míos.

La prima de mi madre no cumplió los 34. Mi primo no llegó a los 40. Mi mejor amiga se quedó sin sus 44. ¿Y tú quieres que yo aparente menos años?

Mis estrías dicen que tengo una relación con la comida un poquito especial. Y que he tenido dos hermosos embarazos.
Mis tetas dicen que he parido dos veces, y que una de ellas culminó en una gloriosa lactancia de 6 años.
Mis ojos y boca dicen que he llorado, que he reído, que me he enfadado, que he gritado, que he sido mucho, muchas veces.
Mis canas dicen que llevo 44 años en el mundo, ni uno menos.

¿Y qué quieres tú que me quite?

¿Las estrías, y entonces olvido mi preñez?
¿Las tetas caídas, y entonces olvido mis partos?
¿Los pezones rotos, y entonces olvido el frenillo y su solución?
¿Las arrugas, y entonces olvido lo llorado, lo reído, lo enfadado, lo gritado, lo sido?
¿Las canas, y entonces olvido mis años?

Pues mira, mi preñez me hizo más fuerte, más sabia. Mis partos me hicieron más consciente. Mi lactancia me cambió la vida y así ayudé a cambiar otras vidas. Mis risas, enfados, llantos y gritos son mi vida. Sí, esa vida de 44 años que se ve reflejada en mis canas.

No quiero ser otra, quiero ser yo. Y quiero ser yo con mis años y mi vida. Recordar a las personas que amo y no están, y no pudieron vivir lo que yo he vivido. Recordar que soy afortunada por haber vivido todo, incluso lo malo. Admitir que cada año vivido, cada segundo, es un aprendizaje, una fortaleza.
Y mira, aparentar no haber vivido todo eso, no me haría peor. Ni mejor. Sólo me haría menos yo. Y eso sí que no.
No quiero.

viernes, 20 de octubre de 2017

Haciendo excepciones

Hoy la vida me ha dado una pequeña tregua, y me veo con tiempo de echar un vistazo desde el ordenador a mis redes. Esto, que antes hacía de forma rutinaria todas las mañanas, se ha convertido en un imposible diario.
El caso, es que soy administradora del grupo de Facebook que recoge la actividad del grupo de apoyo a la lactancia en el que ejerzo mi voluntariado. Ante el caso reciente de una madre que ha sido expulsada de un lugar público por amamantar, una de mis compañeras en la administración ha compartido en ese grupo un artículo fantástico. Fíjate si será fantástico, que me voy a comer aquí mi regla de no compartir de lugares ajenos, porque este merece la pena. Y de paso voy a dar las gracias a Lorena Moncholi, abogada y lactivista, por esta perla. Se trata de una guía de actuación en el caso de que te recriminen por amamantar en público o te conminen a abandonar un lugar . Imperdible.

Bueno, pues me levanto hoy, voy a mirar mis cositas con el culo aposentado en buen asiento, y no como siempre, y me encuentro con que alguien ha reportado esa publicación a la administración.
Por supuesto, yo he aceptado el enlace y me he pasado por el arco de triunfo el reporte, faltaría más. No sólo no incumple ningún punto de la filosofía del grupo, sino que me parece una guía absolutamente imprescindible dada la cantidad de gilipuertas que andan por el mundo alante.

Y es que no lo entiendo. ¿Qué tiene este artículo de reportable? Absolutamente nada. Leedlo, por favor, porque yo lo he hecho dos veces esta mañana para encontrar el pero.

Sé que mi compañera está intentando averiguar de la persona que lo reportó la razón de que le incomode que, en un grupo de apoyo a la lactancia, se informe sobre cómo poner una queja y denuncia ante los organismos competentes contra personas y gerentes que se creen con derecho de intimidar a una mujer y prohibirle que amamante. Pero es que creo que no hay justificación, salvo que a alguien le moleste que las mujeres tengan herramientas para defenderse y además sepan utilizarlas. O eso, o esta persona se equivocó y quería hacer otra cosa y de repente hizo "ups, se me ha ido el dedo", en cuyo caso, mis disculpas.

Pero esto no sólo pasa con algo tan nimio como lo que describo.
 Desde que me quedé embarazada la primera vez (y de eso hace casi 16 años) he oído muchas veces cómo quienes deberían facilitarnos toda la información nos dicen que dejemos de buscar y nos dejemos hacer. Cuando somos madres perdemos el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, sobre nuestras cosas, y ya lo hacen otros por nosotras; y el primer punto para ello es privatizar la información, decir quién debe darla y a través de qué medios, demonizar a quienes publican a través de otros medios y canales esa información. Y si estamos hablando de redes sociales, pues darle a un botón, que es mucho más higiénico y no hay que mojarse.

Porque esa es otra: Facebook se ha convertido en un festival de denuncias y reportes ante informaciones que implican sólo al cuerpo femenino. Aclaro que implican al cuerpo femenino que no pertenece a un hombre, al que pertenece al niño y a ella misma. Si pones una foto de una mujer pariendo o amamantando hordas salvajes de puritanos de mierda denunciarán la foto o el reportaje a facebook como "contenido inapropiado", mientras tíos babosos de mierda siguen compartiendo en páginas del caralibro fotos de mujeres desnudas como objetos de sexo para otros tíos babosos de mierda, que nunca parecen ser "contenido inapropiado". Y se hace desde la impunidad que da el anonimato de quien denuncia.

Pero igual que yo he hecho dos excepciones contando lo que pasa en mi grupo de apoyo a la lactancia y compartiendo un enlace ajeno, Facebook también hace una excepción al anonimato: cuando reportas una publicación al administrador de un grupo, lo haces con nombre, apellidos y perfil.

Y aquí tenéis: una foto de una teta, que es la mía, siendo claramente propiedad de un bebé. Ahora vas, y la denuncias.

jueves, 12 de octubre de 2017

La viga en el ojo propio

Leo con estupor una nota publicada en el blog del sindicato de matronas españolas, en la que se asegura que dicho sindicato ha denunciado, ante el Colegio de Enfermería de Salamanca, a una doula por decir, públicamente, que en general, las matronas, de lactancia, saben lo básico. Escandalizadas se hallan de que una bruja que donde debería estar es en el patíbulo esperando que alguien prenda la hoguera, diga semejantes cosas de un colectivo que, de todos es sabido, controlan de lactancia mogollón de los mogollones y no ha dado nunca un consejo de mierda.



Antes de empezar a dar cera, que la hay para dar y para regalar, voy a aclarar una cuestión, porque, que mi amiga doula me perdone, pero no quiero que me quemen... otra vez

Entre las matronas, igual que entre cualquier otro colectivo de personas (incluidas las doulas), hay de todo. Hay peña genial y verdaderos cocos. Yo conozco alguna matrona que se ha interesado muy mucho por completar su formación en lo que a lactancia se refiere, y ha llegado a un nivel de experticia mucho más que reseñable. Conozco alguna, incluso, que se ha atrevido con el examen de certificación internacional IBCLC. Y esas mismas matronas reconocen que lo que ven en su formación como matronas respecto a la lactancia materna es poco. Vamos, que de la carreran salen sabiendo "lo justo".

Yo tenía una tía matrona. No os creáis que era una tía de esas que tienes en Graná, que ni tía ni ná. Era una tía muy, muy querida y muy, muy cercana. Pero cada vez que me veía amamantar a mi hija pequeña me soltaba una letanía de mitos y leyendas que hace décadas que quedaron desmontadas por la evidencia científica.
A ver, que mi tía era mayor, me diréis. Vale. Pero es que estos oiditos míos que se van a comer los gusanos, han escuchado los mismos mitos y leyendas en boca de matronas que aún están ejerciendo. Es más. Lo he escuchado en bajito durante una formación dada por otra matrona IBCLC, que desmontaba esos mitos, mientras ellas cuchicheaban "que sí, que sí, pero eso no es así".

Porque, señoras del sindicato, la inmensa mayoría de los miembros activos de su profesión no va a formación continua sobre lactancia materna. Porque a estas alturas de la película, señoras mías, quienes están en disposición de ofrecer formación sobre lactancia materna son asesoras que, las más de las veces, no tienen un título sanitario. Y eso, pues jode.

Y es que esta semana ando yo calentita con este tema, porque no sé si lo sabéis, mis sindicalistas queridas, pero estos días se conmemoraba en este país nuestro la Semana Mundial de la Lactancia Materna y yo no he visto a ninguna de sus representantes en León, ciudad en la que resido, A NINGUNA, asistir a algún acto o charla. Porque la asociación en la que yo ejerzo mi voluntariado programó una reunión para profesionales y no acudió NADIE, salvo el director de área en la delegación de la Junta, que cuando le hicimos ver que de entre los asistentes no había NINGUNA MATRONA, NI PEDIATRA, NI ENFERMERA DE PEDIATRÍA, se le caía el alma a los pies, y la cara de vergüenza.

Porque todas tenemos anécdotas, muy poco anecdóticas por el número de ellas, con mierdiconsejos dados por matronas, que saben LO JUSTO de lactancia materna, y cubren sus enormes lagunas de conocimientos con experiencias propias y ajenas y decenas de mitos que se saben falsos desde hace ya ni se sabe.
He oído a una matrona diagnosticar una cándida de pezón ante la visión de 3 perlas de leche. Aconsejar a una madre que se vende las tetas y beba poca agua para destetar a un niño de 2 años. Decir que el estómago de un niño "tiene que descansar" y que no ofrezca cada menos de 2 horas. Asegurar que con 10 minutos vale, que el resto es agua. Decir que una postura es perfecta e ir tú a mirar, y que no haya por dónde cogerla. Reñir a una madre embarazada porque todavía amamanta al mayor y así "va a abortar". Ver una teta congestionada y decir que hay un pezón plano y que mejor pezoneras. Vamos, que entre mis experiencias en primera persona y las que conozco de primera mano, puedo llenar un libro.

Así que, señoras matronas del sindicato que se ofende, en lugar del cabreo, formaos. Sed humildes y acudid a esa doula a la que queréis quemar y pedidla que os dé información. Acudid a formaciones de asociaciones de promoción de la lactancia. Escuchad a esas madres que ejercen su voluntariado después de muchos años de estudio. Haced formaciones on line de la mano de asesoras que, aunque no sean sanitarias, saben mucho de lactancia y de cómo acercarse y hablar a las madres ante un problema. Aprovechad las formaciones a las que vais por los puntos.

Dejad de inventaros pajas en ojos ajenos y asumid que tenéis una puta viga en el propio.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Triste

Estoy tan triste que no puedo escribir.
Leo y observo lo que ocurre y lo que se siente estos días a mi alrededor, y no puedo por menos que entristecerme.

Me entristece  ver a la gente enfrentada.
Me entristece ver las cargas policiales.
Me entristece que algunos aprovechen esas cargas para cargar más odio agrediendo mujeres.
Me entristece que la gente que me rodea, gente a la que quiero, justifique esa violencia.
Me entristece que no se entienda que es más que ilegal, inmoral, enviar policía a reprimir algo.
Me entristece ver cómo los políticos, todos, los de uno y otro lado, usan esa violencia para apartarnos de una realidad vergonzosa.
Me entristece que esta semana no se haya hablado de las mujeres y niños (sí, y niños) que han muerto, también en Cataluña, víctimas de la violencia de género. Esa misma violencia que se ha visto patente en la agresiones sexuales perpetradas por la policía de las cargas contra mujeres en el suelo, que sólo querían votar.
Me entristece la culpabilización de la víctima. El "pues que no hubiera salido a votar" igual que el "se visten como putas", en boca de un juez.
Me entristece sentirme lejos de gente a la que quiero porque enarbolan una bandera que también es la mía.
Me entristece leer los periódicos extranjeros y ver que ya no sólo somos los pringados de Europa, sino también su vergüenza.

Estos días sólo comparto en las redes aquello que quiero gritar, pero no leo nada.
Porque estos días, como le pasó a Unamuno, me duele España. Mucho.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

El racismo nuestro de cada día

Hay veces, no sé si a mis amigas blogueras les pasa, que te pones frente a una pantalla en blanco y no te sale nada. A mi me desespera, sobre todo porque estoy acostumbrada a imponerme una cierta disciplina y escribir en poco tiempo. Salvo las entradas tipo "ladrillo" que obviamente me llevan un tiempo, lo cierto es que desde que abro el editor hasta que hay una entrada terminada no suelen pasar más de 20 minutos. Pero hay momentos en que la falta de tiempo o el estrés de esta vida que me ha tocado, o la combinación de las dos cosas, hace que no encuentre ni el tema. Y entonces escribo en mi estado de Facebook "¿De qué os parece que escriba hoy?

Esta vez me han pedido que escriba sobre el racismo. Sobre ese racismo del que no somos conscientes, que toma forma de paternalismo ignorante y que a mi, personalmente, me desquicia más que el racismo duro de quema de cruces, porque es invisible, y parece que no existe.

Os pongo literalmente, lo que escribe mi amiga:
Escribe de racismo, por favor, porque estoy encontrándome cada actitud que ni te cuento. Me acaban de decir que llamar china en el patio a mi hija, no es racismo, sino llamar a las cosas por su nombre . He preferido no contestar ...



Para daros un contexto, la hija de mi amiga tiene la belleza que sólo puede poseer el mestizaje; con un padre asiáticoamericano y una madre española, tiene unos rasgos asiáticos evidentes. Pero no es china. No sólo no ha nacido en China, sino que no tiene nada que ver con ese país asiático.
Yo esto lo oí a una profesora de infantil hace unos años (no tantos), pero mucho más dulce. Me contaba que tenía una "chinita" en clase, muy bonita. Porque todos sabéis que cuando os referís a una persona de otra etnia así, en diminutivo, es mucho más bonito y nada ofensivo; porque lo ofensivo, parece ser, es pertenecer a una etnia que no sea la caucásica. Así, si dices de alguien que es negro pues es feo, pero si le llamas "negrito" pues ya es otra cosa. Y por eso, queridos amigos, el rey Baltasar no era negro, sino "negrito". Por cierto, la alumna de esa profesora no era china. Era española. Porque la china no es una raza, sino una nacionalidad. ¿Parece fácil? Pues no debe de serlo.

Cuando me propuse escribir esta entrada le pedí ayuda a mi hija mayor. Me gusta hablar con ella de temas como feminismo, diversidad sexual o de género, o racismo. Me gusta porque la visión de su generación es, en estos temas, decididamente mejor que la mía. Me explico: hay un racismo, igual que un machismo y una homofobia, que es cultural; a nuestros padres les criaron con una serie de estereotipos negativos sobre las personas que no entraban en lo "socialmente correcto" y aunque con la apertura del país se giró hacia una corrección política al tratar de estos temas, lo cierto es que el poso cultural está ahí. Por eso desde muchos círculos feministas se dice que todos y todas somos machistas, y el que diga que no es que no ha ahondado en su propia persona lo suficiente como para ver los constructos sociales en los que ha sido criado. Nosotros, esta "generación perdida" que nacimos entre 1970 y 1985, nos creímos que habíamos salido de ahí, primero porque nuestros padres no se atrevían ya, en muchos casos, a hablar de forma despectiva (y entonces se le aplica "ito" a negro, y ya es otra cosa, porque es "negrito", mucho más cariñoso y políticamente correcto) y además fuimos los que empezamos a salir de casa, a tener una formación más abierta. Cuando hemos tenido a nuestros hijos, esos constructos han sido mucho menos evidentes en ellos, y además, la nueva generación vive una realidad diversa y tienen entornos donde hay compañeros homosexuales que no se esconden, y donde muchos compañeros son lo que ahora se ha llamado PoC, es decir: personas de color no-blanco. Apuntillo aquí que cenutrios hay y habrá siempre. Pero vamos, generalizo.

El caso es que charlando sobre todo esto, y obviando el discurso político de opresores y oprimidos, mi hija me contaba una anécdota con una de sus profesoras del año pasado, al principio de curso.
En su clase del año pasado eran 19, de los cuales 7 alumnos eran PoC; sobre todo negros, pero también había una niña asiática y un par de américa latina. El caso es que la profesora le preguntó primero a la alumna asiática si era "chinita"; "No. Soy hispanojaponesa. Mi madre es japonesa, y mi padre español". A un compañero negro le preguntó de dónde era "De Murcia". "¿Y tus padres?" "Mi madre de Albacete y mi padre de Sevilla". Sin embargo, a otro compañero, italiano él, no le preguntó nada a pesar de que su primer apellido claramente es extranjero, mientras que los apellidos de los otros dos son claramente españoles. Y no voy a hablar del profesor de Valores negando en una clase de esas características, que los blancos occidentales tengamos privilegios. Pero he dicho que de política no voy a hablar.

Quiero que leáis esto de mi amiga Jessica Gómez. Es un relato maravilloso de una serie que escribió este verano, "desde su toalla". Habla de la conversación maravillosa que hay entre un hombre mayor, de campo, y una joven negra en la playa de Gijón. De cómo el hombre va desmontando, con humildad y simpatía, todos sus prejuicios sobre una persona de otra raza que, en lugar de sentirse atacada por todos los lugares comunes de los que el hombre es víctima, le explica que es española, que no se va a poner más morena porque es negra y que tienen más en común de lo que pueda parecer. Porque la ignorancia se combate con datos y con información. Y un hombre mayor que simplemente, no sabe y ha vivido una realidad tan tremendamente diferente, es normal que maneje estereotipos. Y para eso está Jenifer, la prota del relato, que con mucho cariño va dando datos a Víctor sobre esa nueva realidad. Pero, ¿qué pasa cuando eres un alumno y quien tiene que formarte a ti te hace víctima de sus estereotipos? ¿Qué pasa cuando una persona no se acerca humildemente y con curiosidad para aprender de ti y de tu realidad, sino que te prejuzga y te trata con el paternalismo de ese "micro racismo"?

Nuestra sociedad ha cambiado, y hace mucho que lo ha hecho, no es de ahora. Sin embargo, en los anuncios de televisión siguen sin aparecer personas de otras etnias, y en la mayoría de las películas españolas (salvemos "Tapas" y alguna otra joya) un negro o un hispano son ilegales manteros con acento de no ser de aquí, y los asiáticos son siempre chinos que no aprenden español. La comunidad de actores PoC tuvo que plantarse a principios de este año y mandar un comunicado a la prensa, porque la Academia del Cine y la Televisión no había invitado a ningún actor de raza no blanca a la gala, no había representación. Y sin que la cultura más inmediata, esa que se supone que es reflejo de la sociedad, admita la existencia de personas de otras razas diferentes a la blanca, ¿cómo vamos a pedir que una profesora de primaria deje de llamar "chinita" a una niña hispano asiática?

miércoles, 20 de septiembre de 2017

La última etapa de la madurez

El otro día me puse a escribir.
Hay muchas formas de escribir, no sé si lo sabéis. Fundamentalmente, se puede escribir para uno o para otros. Se puede escribir con un propósito o con la única meta de dejar correr ideas.
Las personas pensamos en palabras, y con esas palabras, nuestro cerebro construye imágenes. Así que no es de extrañar que mucha gente utilice la escritura para poner en orden ideas; los psicólogos les piden a sus pacientes que escriban su historia no sólo para ordenarla, sino porque muchas veces en el transcurso de la narración surgen hechos inconscientes, sentimientos que estaban ahí y no reconocemos o incluso, hechos y recuerdos reprimidos.
Yo el otro día me puse a escribir para mi, sin un propósito claro, partiendo de un curriculum redactado. Era mi historia y me apetecía saber cómo iba, en qué capítulo me hallo en este momento.
Quizás debí escribir esta entrada entonces y no ahora, porque hoy me resulta más difícil poner mis ideas negro sobre blanco.


Ayer fue un día duro. Mi padre estuvo muy mal. A pesar de contar con ayuda y apoyo tanto familiar como en esta red virtual que tantas alegrías me da, no pude evitar llamar a emergencias. Al mismo tiempo, el padre de una amiga era ingresado en la UCI con un pronóstico grave. Es jodido el tema.

Vamos cumpliendo años. Tenemos hijos (o no), formamos nuestras propias familias o entornos y pensamos que somos los únicos que lo hacemos. En nuestra mente permanece una imagen de nuestra propia historia personal en la que nosotros somos más jóvenes y nuestros padres también. Nosotros tenemos los espejos, y vamos siendo más o menos conscientes de que nos hacemos mayores. Pero sólo tomamos consciencia de ese mismo hecho en nuestros padres en momentos así; cuando enferman. Y nos damos la hostia.

Es curioso, pero sabemos cómo reaccionar cuando nuestros hijos enferman, y cuando no lo sabemos solemos buscar, utilizar las redes, buscar en internet. Pero nuestros padres... Eso es mucho más duro. Hasta hace nada, eran ellos quienes cuidaban de nosotros.

La imagen que yo tengo de mi padre es de un señor grande, de espaldas anchas, que nos llevaba al campo en verano; recuerdo un día, en San Feliz, después de comer una tortilla, que nos pusimos a jugar con él y se "puso" para que saltáramos al potro; el potro era él, claro. Tenía unas espaldas tan anchas, que yo nunca fui capaz de saltarlo, me quedaba a la mitad, y de potro pasaba a caballo. Ahora pesa 50 kilos (si los pesa), y ayer yo lo senté en la cama a plomo, y le coloqué de lado sin ayuda.

Es difícil colocar esa nueva imagen de los padres. Frustrante. Es reconocer que ya no hay nadie ahí para cuidarnos, sino que somos nosotros los que debemos coger el testigo. Es la última etapa de la madurez.

Y eso es lo más duro. Duro de cojones.